Cuatro mil años atrás , en Asia Menor, (ahora, en parte, llamamos Turquía), los hatis declararon divinidad mayor a
Ana Tanrica, diosa de la
fertilidad y madre de todos, una mujer de gran porte que tal vez enunciaran la exuberancia de su corazón, y a pesar de que sin recato nos dejaron estatuillas de barro con su colosal figura en el santiamén de concebir, no sospecharon un varón junto a ella, y su vientre universal hizo en soledad los hijos, los hombres y mujeres de todos los tiempos. Los primogénitos de los hatis, los hititas, sucedieron a Ana Tanrica por Kubbaba, una diosa-mujer de aspecto delicado, distinguido, con un alto tocado y ojos que harían dar vuelta a los hombres en las calles de Rosario o de París, y aunque habitó el mundo de hijos, los hititas no nos han hecho saber que esta diosa frecuentara los afanes del sexo. La misma soltería obstinada habría sufrido o deleitado Maa, diosa del Ponto y de Capadocia, que encarnó el crecimiento y la potencia generadora, en cuyo templo de Comana, al que acudían peregrinos que en sus excesos de pasión se desgarraban las carnes y se perdían en actos impúdicos.En Grecia, Artemisa, una diosa lunar, cazadora, habitante de bosques, compañera de ninfas, protectora de los niños pequeños y de los animales que maman y "patrona del parto" (Calímaco, Himno a Artemisa ), a quien siglos después el usurpador romano llamó Diana, le rogó a su padre Zeus que le concediera la virginidad eterna, y su deseo fue cumplido. Después, cuando cruzó el mar oculta en el alma de los jonios y se estableció en Lidia y tuvo su templo en Efeso (dicen los viajeros de entonces que era la más espléndida de "las siete maravillas del mundo"), Artemisa, influida o confundida con Cibeles, que venía de Frigia, fue diosa de la fecundidad en Asia, con su pecho de múltiples senos, y hubo ciervos, leones, toros y abejas dibujados en su manto, como una madre que lleva en sus ropas los retratos de algunos de sus hijos. Al otro lado del mundo, el relato mítico describe una gestación parecida a la de aquel dios mexica: un elefante, especie sustancial para el alma religiosa en Asia, entró en el seno izquierdo de la reina Maia y éste habría sido el origen del príncipe Sidharta Gautama, que llegó a ser Buda ( Dictionnaire des symboles , de Jean Chevalier y otros), a quien los hombres y mujeres del Tíbet dirigen oraciones en su ambición de pureza, la meditación que en silencio procura la paz del alma libre, "la mente iluminada", porque ése es su credo. La ausencia de varón junto a las madres de dioses y de la especie humana expresa, tal vez, el lugar dominante que la mujer ocupa en la concepción matriarcal de la sociedad. Pero lo cierto es que en las revelaciones, leyendas y mitologías, como afirmando la imagen tenue de la madre, mujer única y distinta, la humanidad la priva de los fragores y entusiasmos del sexo. Y en el reino mortal aparecen los mismos cuidados, la imagen excluyente y absoluta de la madre. . En el tango, la devoción de la madre lleva al desvanecimiento del padre. Mientras la madre del protagonista del tango ocupa un lugar privilegiado , el padre nunca se asoma a la historia que nos están contando" ( El tango y los cuernos , el amor dedicado a la madre a través de los siglos es un amor absoluto, que la convierte en una gema solitaria. Sin embargo, es un amor constantemente traicionado. El hombre, desde que es hombre, ha ido de guerra en guerra, invasiones y represiones sangrientas y exterminios en los campos de prisión contra el sentimiento de las madres. En la guerra, en la barbarie de la represión del invasor al invadido, la muerte más atroz no es la muerte del que muere: es la muerte interminable de sus madres. Esos actos feroces de barbarie dejan dos legiones de fantasmas: los que mueren, que turbarán, espero, las noches de los autores de tanta sangre derramada, y sus madres, condenadas por años a vivir todavía en la tierra su vida de fantasmas. En una fatal paradoja, el mismo hombre que pretende que a la madre se la alcance apenas con la yema de los dedos, se le hable a media voz, que en su imaginación devota la priva de varón y le niega la dicha del sexo para conservarla impoluta y sagrada, desde el comienzo de los siglos organiza para ella atroces agonías y, una y otra vez, conscientemente la destroza. Y ahora la infame represión en el Tíbet que convierte a esa tierra de oración en un campo de
exterminio donde el murmullo sagrado, om mani padme hum , es el eco del dolor para siempre de las madres de los muertos.