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La vida es sueño

Summary rating: 3 stars 5 Puntuación
Sinopsis de : Martin Lucas Perez
Visitas : 189  palabras: 900   Publicado el: abril 28, 2008

El más prestigioso drama de Calderón contiene una nítida lección de idealismo filosófico, en la que se seduce al público con la idea de que la vida no es más que el sueño de una mente que “vive” en una realidad ideal, un sueño del que despierta al morir y en el que la moralidad de las acciones es lo único que cuenta “si fuere verdad, por serlo;/ si no, por ganar amigos/ para cuando despertemos” (IV, acto III).


            Esta idea, que es título y leit motiv de la obra conducida por la figura de Segismundo, no es el asunto central del drama (o no iba a serlo en un principio), pues éste se asienta en torno a uno de las glorificaciones del libre albedrío que tanto gustaban a Calderón (en su catolicísima lucha contra las teorías protestantes), es decir, la obra se dirige a debatir sobre la posibilidad o no de luchar contra el mal presagio revelado en el nacimiento del principe Segismundo, de Polonia, según el cual iba a ser un rey nefasto y cruel. El desenlace es claramente antideterminista: se puede luchar contra el hado y no hay que dejarse guiar por él pues entonces sí que se cumpliría. Así lo interpreta Segismundo cuando ya dispuesto a ser un buen rey, recuerda lo tirano que fue en su primer despertar:


           


            “Lo mismo le ha sucedido


            que a quien, porque le amenaza


            una fiera, la despierta, temiendo una espada,


            la desnuda; y que a quien mueve


            las ondas de una borrasca” (XIV, acto III).


 


            Pero la crítica de la predestinación (caballo de batalla de la contrarreforma frente a los protestantes) pasa a un segundo plano ante la claridad y brillantez con que Calderón desarrolla la idea de la vida como sueño. Aprovecha para ello la estratagema del rey Basilio, que se decide a narcotizar a su hijo para despertarle en palacio y darle una oportunidad para salir de su encierro, si bien dejando la puerta abierta para devolverle allí, si no da visos de poder ser un buen gobernante, diciendole “que fue soñado cuanto vio”.


            Y efectivamente tienen que devolverlo a prisión, pues Segismundo al recuperar su libertad, lleno de rencor y de malos sentimientos hacia el mundo y hacia el padre que le ha mantenido veinte años encerrado, se comporta como un soberbio y brutal príncipe, que arroja airado a un criado por la ventana, intenta abusar de las damas de la corte y menosprecia a su propio padre. Cuando Segismundo despierta de un segundo narcótico, de nuevo en su prisión, plantea su teoría en los famosos versos:


                       


            “            ...pues estamos


            en un mundo tan singular,


            que el vivir sólo es soñar;


            y la experiencia me enseña,


            que el hombre que vive, sueña


            lo que es, hasta despertar. (...)


            Sueña el rico en su riqueza;


            que más cuidados le ofrece:


            sueña el pobre que padece


            su miseria y su pobreza;


            sueña el que a medrar empieza,


            sueña el que afana y pretende,


            sueña el que agravia y ofende,


            y en el mundo, en conclusión,


            todos sueñan lo que son,


            aunque ninguno lo entiende.


            Yo sueño que estoy aquí,


            de estas prisiones cargado;


            y soñe que en otro estado


            más lisonjero me vi.


             ¿Qué es la vida? Un frenesí.


            ¿ Qué es la vida? Una ilusión,


            una sombra, una ficción,


            y el mayor bien es pequeño;


            que toda la vida es sueño


            y los sueños, sueños son” (XIX, acto II).


 


            Junto a todo esto y como trama secundaria, se desarrolla el viejo tema de la mujer vestida de hombre que viaja para reparar su honor perdido. La historia goza de una estupenda versificación y un hábil planteamiento escénico. Pese al franco adoctrinamiento en cuestiones filosóficas y teológicas, el interés primordial de Calderón, como de todo el teatro barroco es entretener, sorprender y embelesar al público.




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