Potí, hija del
cacique guaraní, nació una hermosa mañana de verano, trayendo una enorme alegría a su tribu. También una enorme tristeza, ya que a los pocos días, enfermó.
Entonces el brujo – curandero dijo: “Su corazón ama intensamente la luz, y vosotros la habéis mantenido a la sombra. Por esta causa es que se ha enfermado”.
Potí fue creciendo, más bella cada día. Amaba el sol, y cuentan que podía mirarlo sin llegar a deslumbrarse. Tenía en las pupilas un centelleo particular. Y el brujo afirmaba: “Jamás podrá amar a ser humano alguno. Todo su corazón, íntegramente, le pertenece
al Sol”.
Pero aconteció que Boopé, valiente guerrero de una poderosa tribu enemiga, vio un día a Potí y se
enamoró tan apasionadamente de ella que juró emprender una terrible
guerra si no le entregaban a la dulce joven. Ella, en medio de un mar de lágrimas, le manifestó a su padre que prefería morir antes que entregarse a un hombre a quien no podía amar, y por añadidura, perteneciente a una tribu enemiga.
Y así, la guerra comenzó. Se cuenta que la tribu de Potí sufrió terriblemente, y que a cada instante morían hombres, niños y mujeres.
Agonizante, uno de los últimos guerreros pudo arreglar un plan a fin de que Potí huyese durante la noche.
Abrazada al cuerpo sin vida de su padre, la bella
india deseaba sólo la muerte.
De repente, enloquecida, movilizada por una misteriosa fuerza, emprendió la fuga, que perduró por largas horas.
Mas el porfiado Boopé persiguió a la prófuga y la vislumbró en el instante en que amanecía.
Ya Boopé, por su fuerza inexorable, se aprestaba a hacer suya a quien pertenecía al Sol, cuando sucedió lo maravilloso: la princesa desapareció, dejando en su puesto una nube, primero verde, luego dorada.
Y en ese mismo lugar germinó la primer planta de girasol, con su enorme flor, que, cual raro y bello rostro, sólo obedece a los movimientos del Astro Dios, por y par quien vive, y cuya forma semeja.
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