Hace ya un tiempo, en una antigua caverna misteriosa, moraban unos
monstruos voraces, engendros
del maligno Supay, criaturas provenientes del infierno (Hucu-pacha)
Del interior de ella emanaban durante todo el día terribles hedores, gruñidos, y luces que provocaban una pavorosa desconfianza en la región.
al llegar la noche, ¡infortunado quien, ignorando la caverna, pasase cerca! El pobre desaparecía para siempre.
Una hermosa mañana en que el Gran Padre Inti relucía en todo su maravilloso esplendor, un desconocido, bello y fuerte joven apareció en la comarca, manifestando su intención de entrar en la caverna oscura y profunda.
Preocupados y alarmados, los pobladores le respondieron entonces, para disuadirlo, que jamás hombre alguno que hubiese entrado en ella por propia voluntad, regresó sano y salvo.
Mas, ante su obstinación, lo dejaron seguir su camino.
Todo el pueblo lo acompañó hasta las cercanías de la caverna, en la que vieron internarse al joven,
solo y desarmado.
De repente, tropezando, deslumbrado por la luz de sol, vacilante, apareció un monstruo; más tarde otro, y otros más...,
torpes, aullantes. Algunos tropezando, otros entorpecidos, saltando ciegos por la luz, para despeñarse en el abismo...
Quienes ante el primero de ellos salieron huyendo, se repusieron luego de un rato, y, armándose de valor, arremetieron
contra aquel grupo de seres que no tenía más alternativa que dejarse matar a pedradas y palazos, sin poder responder más que con lastimeros alaridos y quejidos de agonía.
Muertos todos los monstruos, esperaron todos a que apareciera el joven forastero. Al fin lo divisaron sonriente y sereno. Y fue el joven rodeado por toda la población.
Al preguntarle, explicó: "llevé un infalible
talismán contra los monstruos". Y todos quisieron verlo.
Y el joven, mostrando una pequeñísima cajita, la abrió, y de ella surgió tan solo un tenue, sutil, ¡y pequeño rayito de luz!
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