El 21 de diciembre de 1879, en el pueblo de Didi-Lilo, cerca de Tiflis, Ekaterina Dzhugashvili, que era de origen alano,
le dio a su marido, Visarión Dzhugashvili, un hijo al que llamaron Iosif, José, y apodaron afectuosamente Sosó. Casi no se sabe nada del padre. De cepa campesina, fue artesano, zapatero; tal vez, bebedor. El niño parece haber sido educado por la madre, que quería que se instruyera. De una escuela provinciana pasó al
seminario de Tiflis para volverse sacerdote, pues esta era la única carrera que se ofrecía a los jóvenes del pueblo. Ekaterina Dzhugashvili acabó sus días hace pocos años en el modesto departamento de la antigua residencia de los virreyes del Cáucaso. Se saben muy pocas cosas sobre la infancia y la adolescencia del seminarista. Georgia, pobre y desprovista de medios de comunicación, sufría en aquella época de varios yugos sobrepuestos. La administración rusa trataba a los georgianos como pueblo conquistado, pero se sometían mal, pues eran demasiado orgullosos, demasiado buenos tiradores. Sus propios príncipes, arruinados en su mayoría, eran cazadores, bebedores, aventureros, orgullosos como los hidalgos de la decadencia de España y los maltrataban voluntaria, paternalmente. Vivían en la miseria y la opresión, eran sacudidos por revueltas periódicas y alimentaban su alma con relatos de la resistencia al invasor del norte. Siete años antes que José Dzhugashvili llegase al seminario un rector-arcipreste había sido apuñalado por un seminarista. El ferrocarril de Bakú acababa de llegar a Tiflis; en torno a las primeras industrias mecanizadas nacía un proletariado miserable y fatigado al que los seminaristas, ellos mismos convertidos al socialismo por el Manifiesto comunista de Karl Marx, aportaban con ardor un nuevo ideal. Hagamos notar que el Manifiesto, escrito en Francia a principios del
desarrollo industrial de Occidente, podía aplicarse bastante bien a un país donde el capitalismo hacía brutalmente su aparición. El seminario de Tiflis ya había formado varios hombres llamados a desempeñar un papel en la historia, como Noé Jordania, fundador de la socialdemocracia georgiana, y Chjeidze, que en 1917 debía presidir el soviet de Petrogrado. La enseñanza religiosa era ritual y limitada, e inferior en mucho a la enseñanza revolucionaria, por elemental que fuese ésta. Dzhugashvili se volvió ateo en el seminario al leer algo sobre Darwin; al comprender los esquemas más claros del Manifiesto se consideró marxista. Así, la revuelta natural que incubaba su generación tomó en él una forma consciente. No se sabe si fue expulsado del seminario o si su madre lo sacó de ahí como lo sigue sosteniendo ella, por razones de salud. Este detalle podría tener una importancia psicológica. ¿Dio muestras de ser un hábil simulador para parecer inteligente, o fue expulsado, pero por incapacidad? Los archivos del seminario existen y si no se ha querido sacar nada de ahí es, ciertamente, con razón. Estamos entre 1898 y 1900. La vieja santa Rusia imperial, señorial, burocrática y campesina ha entrado en, las tormentas de la industrialización. Señalemos brevemente algunas fechas. 1861: emancipación --más bien teórica-- de los siervos por un decreto de Alexandr II. El "zar liberador" murió en 1881, en una calle de San Petersburgo, despedazado por las bombas del partido de la "Voluntad del Pueblo", que se limitaba a exigir una constitución. Se ahorcó a los regicidas y se proclamó, bajo Alexandr III, la autocracia "inquebrantable". El terrorismo se extinguió, pero las huelgas iban a multiplicarse. La industria rusa, ampliamente alimentada por los capitales extranjeros, se benefició, en su desarrollo, con todos los recursos, materias primas, mercados, mano de obra a precios irrisorios de un vasto país primitivo. ¿Por qué fabrica revolucionarios en serie? Porque los contrastes sociales son extremadamente marcados. La burguesía creciente es embromada por las instituciones burocráticas y aristocráticas del Antiguo Régimen, a las que aprende a odiar. Las clases medias de las ciudades no tienen derechos ni porvenir y he aquí que es de ellas de donde salen los intelectuales. El campesinado, totalmente abajo en la escala social, carece de tierras, de recursos, de todo. El campesinado el que proporciona obreros a las manufacturas y a las fábricas, donde se trabaja hasta catorce horas al día. En 1898 fue necesaria una huelga en la capital para que los tejedores obtuvieran la jornada de once horas y media. El pago de los salarios dependía, a menudo, de la arbitrariedad patronal.