En este cuento, se relata que había en la ciudad española
de Santiago un deán que anhelaba aprender el arte de la
magia. Oyó decir que en
Toledo, don Illán era quien más sabía, y hacia allí se dirige.
Al llegar, va inmediatamente a casa de Don Illán, quien
lo recibe bondadosamente y le invita a comer
con él, adjudicándole las mejores
habitaciones y diciéndole que le alegraba mucho su visita.
Luego de comer, el deán le expone el motivo de su visita
y le ruega que le enseñe.Don Illán le dijo que, ya que era deán, adivinaba que era
de buena posición y futuro, y que temía ser luego olvidado por él. El deán le promete fervientemente que nunca olvidaría
aquel favor y siempre quedaría a sus
órdenes.
Don Illán explica entonces que las artes mágicas sólo se
pueden aprender en un sitio apartado: lo toma de la mano, y lo lleva a una
pieza contigua, que tenía en el piso una gran argolla de hierro. Previamente
ordenó a su sirvienta que tuviese
perdices para la cena, y que no las pusiera a
asar hasta que él le ordenara.
Levantaron la argolla y descendieron por una escalera de
piedra.Al pie de ésta había una
celda, luego una biblioteca, y
luego un gabinete con instrumentos de magia.
Cuando estaban revisando los libros, entraron dos hombres
con una carta para el deán, escrita por el obispo (su tío); anunciándole que
estaba muy enfermo y que, si quería verlo vivo, no demorase en ir. El deán se contrarió mucho: por la dolencia del obispo, y
por tener que dejar los estudios.Eligió escribir una disculpa y la envió.
A los tres días
llegaron hombres de luto, anunciando que su tío había fallecido. Diez días después llegaron escuderos muy bien vestidos,
anunciando que el deán había sido electo
sucesor.
Cuando don Illán vio esto, le dijo con mucha alegría que
se congratulaba que esto hubiese ocurrido en su casa; y luego le pidió el
decanazgo vacante para su hijo.El nuevo obispo repuso que lo tenía reservado para un
hermano suyo, pero continuaba pensando en favorecerlo, y deseaba que partiesen
juntos a Santiago.
A los seis meses recibió el Obispo
mensajeros del Papa,
ofreciéndole el capelo de Cardenal, dejando en sus manos el nombrar sucesor. Al
saberlo, don Illán recordó la antigua promesa y le pidió que nombrase a su
hijo. El Cardenal le contestó que lo había reservado para un tío suyo, pero
continuaba determinado a favorecerlo, y le pidió que lo acompañase a Roma.
A los cuatro años fallece el Papa, y el Cardenal es
electo para sucederlo. Cuando don Illán supo esto, besó los pies de su Santidad
y, recordando su vieja promesa, le pide el Cardenalato para su hijo.Entonces el nuevo Papa lo amenaza con la cárcel, alegando
su condición de brujo y sus actividades en Toledo.
Don Illián le comunica entonces que partirá para España,
y le pide algo para comer en el camino.El Papa se lo niega.
Entonces don Illán, cuyo rostro refleja una extraña
lozanía, dice con voz firme: "Pues tendré que comerme las perdices que
encargué para esta noche."Se presenta la sirvienta, y don Illán ordena asarlas.
En esto, el Papa se halla nuevamente en la celda
subterránea de Toledo, en su primitiva calidad de deán de Santiago; y tan avergonzado de su
actitud que no sabe cómo disculparse.
Don Illán le dice que le basta con esta prueba, le niega
su porción de perdices, lo acompaña a la calle, le desea feliz viaje y lo
despide con gran cortesía.
Publicado el: abril 08, 2008
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