Sierva María de Todos los Ángeles, hija única del Marqués de Casalduero, sufre la mordida de un perro rabioso en plena plaza
de mercado de Cartagena. Así comienza García Márquez esta historia de amor transcurrida en plena época colonial. Los padres de la marquesita no se enteraron sino tiempo después del incidente. Nunca habían amado a su hija. A Bernarda, la madre, le fue indiferente la suerte de la pequeña hasta los últimos días. Sin embargo, el marqués comenzó a preocuparse por ella. En su afán de salvarla, se relaciona con Abrenuncio, un médico judío. El obispo Toribio de Cáceres y Virtudes, al enterarse de la situación de la niña, cita al marqués y lo conmina a que la lleve al
convento de santa Clara. Allí se la exorcizaría para sacar de su cuerpo todos los
demonios. El encargado de esta tarea sería Cayetano de Laura, ya que el obispo, por razones de saludo, no podría realizarla. Sin embargo, una historia de amor surgiría entre De Laura y Sierva María. Todas las noches se verían en su celda a escondidas hasta que, por la fuga de otra de las reclusas, descubrieran la salida secreta. Nunca más se volverían a ver. Cayetano de Laura le contaría su pasión al obispo. En su desespero intentaría entrar a cómo diera lugar al convento. Descubierto, fue enjuiciado y condenado por el santo Oficio a cuidar de los leprosos. Siempre quiso ser uno de ellos, pero no lo pudo conseguir. Por su parte, Sierva María no pudo resistir las sesiones de exorcismo a las que la sometía, con mayores energías cada vez, el viejo arzobispo. Amaneció muerta de amor una mañana de un 29 de mayo. De su cabeza rapada, brotaría la larga cabellera de más de 22 metros.