En tanto, al lado opuesto de Gastabala, al Sur, el sol se resiste a ser ocultado por la masa líquida aérea. Por ese espacio
geográfico, el bilioso Kolpa está de regreso, los arbustos espinados no hacen mella a sus poderosos brazos que parecen remos fibrosos, agarra con su mano derecha las piezas de una sachavaca a través de una soguilla de monte, hecha nudos a manera de asa. En la otra mano, tiene un machete, brillante en la hoja con el cual seguramente ha desollado a la mamífera selvática, sobre su espalda lleva su arco y las flechas que han logrado la caza para el corpulento sharanahua, en el que su altura deben coincidir con su peso cercano a los 85 kilos, tan es así que las huellas de sus pisadas dejan cierta profundidad en la tierra dura que en ciertos pasos llega a enterrar a la hierba fresca. Le faltan pocos metros para llegar al pozo de las manteadas, quiere darse un baño antes de entrar a la comunidad. Pero algo sucede, detiene su marcha apresurada, instintivamente levanta la
cabeza, percibe el aire, los orificios de su nariz ancha se abren y cierran ligeramente, su piel sonrosada cobran vigor, sus músculos parecen salirse de su cuerpo por la emoción. Ha detectado a una fémina con necesidad de marido. La joven, está de pie al lado del pozo de agua, inclinándose de vez en cuando para llevar con sus blancas manos a la cabeza, el recipiente de huingo con el agua que limpia su transpiración del día. Al deslizarse el líquido diáfano por su cuerpo hace que el polo blanco que lleva puesto producto de una campaña electoral, se pegue a sus hinchados pechos notándose sus brotes pardos tras la humedad, el resto de su ser guardan proporciones similares a una candidata a Miss Perú. Su edad no es un límite para intuir que alguien que no es de su género pero sí de su raza, la está espiando tras los árboles y hará lo que su tradición ancestral le ha preparado para ella. Kolpa, libre de equipajes y de atuendos, está solamente a unos pasos de ella. Mi shuta kay. Vamos a hacer el amor –ella voltea la mirada sin sorpresa alguna, mostrando sus rasgos orientales en la que sobresale el color de sus ojos verdes-. &
iexcl;Kato!, ¡kato! ¡vete!, ¡vete de acá! –muestra su enfado mirándole de pies a cabeza y centrando su atención en la masculinidad de su ocasional pareja a la vez que se aleja del pozo-. Él sabe que esas manifestaciones de rebeldía son el rito de siempre que hacen las mujeres de su estirpe. Así que decidido como un guerrero sharanahua, da un brinco hacia ella. La toma por la cintura como abrazando una rama de flor silvestre, le pone su pie derecho detrás del izquierdo de ella y la hace caer a la hierba mojada sin soltarla un segundo. Ella disimula algunos forcejeos, pero se da por vencida cerrando sus ojos. Kolpa no tiene dificultades para consumar el acto virginal porque ella estaba lista para este momento. Un hilo rojo corre por entre las grietas de la tierra perdiéndose en los lodazales ocasionados por el uso del pozo de las manteadas. Minutos después Kolpa, la levanta en vilo la pone dentro del manantial coge el pate de huingo y la baña. La mirada de ella no tiene lamentaciones, la de él tampoco, pues, ambos no tienen compromiso alguno. Él le entrega el producto de su caza a Katari -que en su lengua significa serpiente boa- como agradecimiento y se retira solo, satisfecho de haber cumplido con su pueblo.