Hace sesenta y tres años se estrelló en Francia el avión que piloteaba el creador de El Principito. Hace poco más de tres
meses, fue encontrado, frente a las costas de Marsella, un avión que, según expertos, era el que piloteaba Antoine de Saint-Exupéry. No tenía impactos de balas, pero sí señales de una posible colisión con otro avión. La teoría del choque se refuerza con otro hallazgo, muy cerca del primero: el de un bombardero alemán cuya estructura mostraba signos similares. La confirmación desmentiría un presentimiento que el aviador volcó en su libro Piloto de guerra (1942): "Tal vez terminemos siendo abatidos no por la Luftwaffe, sino por disparos de nuestros camaradas de la defensa antiaérea francesa". A bordo de su Lightning P 38, el 31 de julio de 1944 —hace hoy casi sesen ta y cuatro años— partió de Bastia (Córcega) rumbo a Grenoble, con la misión de fotografiar las posiciones de las tropas alemanas que ocupaban el sur de Francia. . Casi un mes antes, había cumplido cuarenta y cuatro años. Saint-Ex, como le decían sus amigos, había nacido en Lyon, el 29 de junio de 1900, en una familia aristocrática.En 1929, publicó su primera novela, Correo del Sur, y ese año se trasladó a Buenos Aires, como director de Aeroposta Argentina, junto con dos compatriotas y también míticos aviadores: Jean Mermoz —también desaparecido en vuelo frente a Dakar, en 1936— y Henri Guillaumet, y concretó el primero de los vuelos para transportar correspondencia llegada de Europa, a Comodoro Rivadavia. Se enteró de la ocupación alemana de Francia en Nueva York, adonde había ido a dar un ciclo de conferencias. Allí inició la redacción de El Principito, por sugerencia de un editor al que le llamaron la atención los curiosos dibujos que hacía para entretenerse. "Son recuerdos de mi
infancia, del niño que llevamos dentro", le explicó. Muchos de esos dibujos ilustraron el libro. Luego de su muerte se publicaron Ciudadela y Carta a un rehén. Pero Saint-Exupéry no era sólo un escritor. Al igual que André Malraux, fue un hombre de acción y tomó parte en la contienda bélica. Antes de partir en el que sería su último vuelo, había dejado una nota sobre una mesa: "Si me derriban, no extrañaré nada. Sesenta y tres años después, el veterano de la Luftwaffe que abatió el avión de Saint-Exupéry, el autor de El Principito, uno de los libros más legendarios de todos los tiempos, precipitando uno de los grandes misterios de las literaturas de nuestro tiempo, habla por vez primera: «Había leído y admirado sus libros. Nadie como él había escrito del heroísmo del aviador. De haber sabido que él pilotaba aquel Lightning P-38 no hubiese disparado. Ese recuerdo me ha perseguido toda la vida...»Horst Rippert tenía veinticinco años aquel año. Había nacido en el seno de una familia de emigrantes rusos de vago origen judío. Y esa ascendencia le costó sufrir una cierta marginación, hasta que sus superiores descubrieron su talento y gran arte como piloto, ganándose a pulso su puesto en la Luftwaffe, como piloto de los legendarios Messerschmitt del arma aérea del III Reich. Aquel verano de 1944, Rippert, sus colegas y superiores supieron muy pronto que uno de ellos había derribado el avión de un héroe de leyenda, noticia bien difundida por las emisoras de radio
militares, primero, y civiles, poco más tarde, para convertirse en un acontecimiento internacional..La misteriosa muerte de Saint-Exupéry pronto quedó eclipsada por el Desembarco, el fin de la guerra, los juicios de Nuremberg y un insondable misterio. Durante muchos años, solo se supo que el Lightning P-38 de Saint-Exupéry había desaparecido, pero nadie podía esclarecer con precisión su misterioso fin, ¿derribado? El comentario lacónico de las primeras informaciones fue durante muchos años la única información precisa. El 31 de julio de 1944, Satin Exupéry despegó de Córcega, a una hora muy temprana de la mañana, para cumplir una solitaria misión de reconocimiento, al este de Lyon, en la frontera suiza, muy cerca del macizo de Gliers, donde una banda de republicanos y libertarios españoles participó en una legendaria batalla perdida con heroísmo. Un oficial pondría fin al historial militar de Saint-Exupéry con esta frase: «Piloto que nunca regresó. Presumidamente muerto».Pasaron los años. Hasta que, finalmente, en 1998, un pescador de Provenza, Jean-Luc Bianco, descubrió no lejos de Marsella, en el fondo de mar, un brazalete que Consuelo, su esposa, había regalado a Saint-Exupéry. La historia volvió a ponerse en marcha.