Gustav Janouch no era la contrapartida ideal para una conversación con Kafka. Era un chico de veinte años cuando lo frecuentaba,
cuando anotaba con asombro y puerilidad en un diario la forma rutinaria en que Kafka contrariaba todas y cada una de sus opiniones. Kafka era para él casi una figura paterna, un dios de bronce a quien no le discutía ninguna aserción, de quien aceptaba cualquier concepto, por distinto que fuera a su propia forma de pensar. La noción de diálogo se basa en la oposición de ideas que vienen de dos personas diferentes; el método de Janouch era traerle un tema a Kafka -un libro, una pintura, un hecho político-, dejar que Kafka dijera algo (usualmente sorprendente), y retirarse a anotarlo sin más, sin que la idea se desarrollara, sin que el diálogo ganara profundidad o extensión. Cada "conversación" dura un párrafo o dos. Muchas veces Janouch se intimidaba con su propia ignorancia y dejaba las ideas de Kafka, apenas esbozadas, en el aire: avergonzado, sin entender mucho lo que Franz proponía, corría a su casa a escribir lo que recordara. Naturalmente este proceder genera en el lector más frustración que deleite, transmite más preguntas que información: deja una impresión de cosa inacabada más fuerte que las novelas inconclusas de Kafka. En algunos casos la exposición es tan confusa que uno desconfía de la transcripción de este adolescente admirador.Janouch mismo admite en su extenso prólogo que él no es un experto en Kafka, que ni siquiera ha leído sus libros, excepto las cosas que publicó Kafka en vida: al igual que Stanislaus Joyce cuando escribe sobre su hermano James, Janouch gasta incesantes palabras de su prefacio en un evidente sentimiento de inferioridad frente a la opinión pública, frente al contraste con el Otro. En el curso del libro, las ocasiones interesantes que surgen son
incontables: Picasso, Chesterton, Shakespeare, Wagner, Whitman, Napoleón, Mussolini, Miguel Angel, Kokoschka, Chaplin, Darwin, Van Gogh, Stevenson, Verdi, Gandhi, Grosz, Poe, Lenin, Baudelaire... uno mataría por escuchar a Kafka disertar sobre sólo uno de estos nombres; luego de leer el libro, uno mataría a Janouch por no haber sacado algo de jugo de esa fruta. Dos temas son desarrollados con cierta profundidad (más de una página, en este contexto), y quizás son lo único que vale del libro: la lucidez que
muestra Kafka sobre el judaísmo y el sionismo; la inclinación del escritor al taoísmo, sobre el que muestra un interés y un conocimiento insospechados.no nos faltaba material sobre Kafka: hay varios volúmenes de cartas (tres a Felice Bauer, uno a Milena Jesenská, uno a Max Brod, más las que escribió a sus editores, a su hermana Ottla, y cuando las encuentren, las treinta y cinco cartas a su postrera Dora Diamant); incontables diarios; la biografía que hizo su mejor amigo, las buenas biografías que le siguieron, en especial la de Hayman; incluso tenemos libros de fotografías sobre todas y cada una de las vicisitudes que rodearon al gran escritor checo. Este nuevo (nuevo para el público que habla castellano) libro no agrega gran cosa a lo que ya sabíamos; Kafka sigue siendo ese hombre lejano y singularísimo, inexplicable, inalcanzable, genial.