Había estado mucho tiempo enfermo. Cuando llegó el día de salir del hospital, apenas sabía andar, casi no recordaba
quién era. Haga un esfuerzo, me dijo el médico, y en tres o cuatro meses volverá a habituarse a las cosas. No le creí, pero de todos modos seguí su consejo. Me habían deshauciado, y ahora que había desbaratado sus predicciones y seguía misteriosamente con vida, ¿qué otra cosa podía hacer sino vivir como si Tuviera todo un futuro por delante? Empecé dando pequeños paseos, nada más que una o dos manzanas y luego vuelta a casa. Sólo tenía treinta y cuatro años, pero a todos los efectos la enfermedad me había convertido en un anciano: uno de esos viejales temblorosos que van arrastrando los pies y no pueden poner uno delante de otro sin mirar cuál es cuál. Incluso a la lentitud con que me movía entonces, andar me producía una extraña y volátil sensación de ligereza, un barullo de señales confusas y fallidas conexiones mentales. El mundo empezaba a girar y dar tumbos ante mis ojos, desplazándose como una imagen en un espejo ondulado, y siempre que intentaba centrar la mirada en una sola cosa, aislar un objeto de la vertiginosa avalancha de colores –un pañuelo azul anudado a la cabeza de una mujer, digamos, o la luz roja en la parte trasera de una furgoneta–, empezaba inmediatamente a descomponerse, a esfumarse, a desaparecer como una gota de tinta en un vaso de agua. Leyendo la cubierta posterior de este libro, más de un conocedor de la obra de Paul Auster se mostrará dubitativo a la hora de comprarlo, pues al fin y al cabo trata de lo de siempre: el protagonista, un escritor al que siempre le ponemos la cara del mismo Auster, sufre una situación traumática de la que debe recuperarse, en este caso una grave enfermedad, y cuando vuelve a escribir, en un cuaderno, la historia pasa a narrar esta novela dentro de la novela, cual juego de cajas chinas, de tal forma que las distintas narraciones comienzan a ser igual de importantes y las situaciones entre ellas se entrelazan y entrecruzan. Situaciones que de un modo u otro son reconocibles en múltiples libros de la extensa obra de este gran autor norteamericano. El protagonista, Sidney Orr, acaba de salir de una enfermedad en la que estuvo tan cerca de la muerte que los médicos aseguraron que era improbable que pudiese sobrevivir. Al salir del hospital pasa el día paseando por Nueva York y de cuando en cuando visitando a su amigo, también escritor, John Strause. En uno de los paseos encuentra una nueva librería en la que se descubre un cuaderno portugués capaz de devolverle las ganas de escribir, que había perdido tras la enfermedad. Al volver a casa empieza ha escribir la historia de Nick Bowen, su propio alter ego, que tras salvar la vida al caer una gárgola de un edificio apenas a unos centímetros de él decide huir de su vida, asustado por la fragilidad de ésta. Un comienzo que Sydney Orr toma de una novela de Hammett. Los relatos que se escriben en el cuaderno azul empiezan a unirse y formar parte de la realidad y vida del autor (y porqué no decirlo, también del lector), aunque de forma tan sutil que en ocasiones nos hace dudar de si ésa es la intención del autor o simplemente somos nosotros los que deseamos que suceda. Cada una de las distintas narraciones utiliza su propio estilo; mientras que la historia principal es narrada con la sobriedad clásica de Auster, el relato de Sydney Orr es contado tal como es, una historia escrita según va saliendo: tosca en palabras, parca en descripciones, dubitativa y de final casi inevitable, mientras que las suposiciones e historias que escribe sobre Grace, su esposa, se convierten en un texto escrito casi a
trompicones y consecuencia de su propio momento de lucidez. A pesar de las distintas capas y la poca extensión del libro (son doscientos cincuenta páginas que hubiesen podido ser el doble perfectamente), cada palabra encaja allá donde debe ir y nos sumergimos en todas las realidades que el autor desea sin que la estructura se resienta. Resumiendo, otro libro de Paul Auster sobre la condición humana, las difíciles relaciones entre las personas y los hilos invisibles que convierten la vida en algo caótico capaz tanto de acercarnos a la soledad total como de darnos pequeños momentos de felicidad. Y aunque uno de los protagonistas (los personajes de cualquiera de las historias resultan igualmente importantes) puede escapar de la realidad que ha ido tejiendo este autor, pues sale de la omnipresente Nueva York para escapar a Kansas City, al final nos damos cuenta de no hay huida posible. Para finalizar, los seguidores de Paul Auster debemos felicitarnos, puesto que con El libro de las ilusiones y La noche del oráculo ha vuelto a resucitar. Quizás en un futuro próximo sea capaz de superar la calidad de Leviatán.