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Síntesis y críticas breves

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Proyecto Eva 2

por : corredortiz     

Autor : Gustavo Corredor Ortiz
(Viene de “Proyecto Eva 1)
… El hombre la ve directamente a los ojos durante medio segundo y luego mira a otras personas. 
Pasan de largo —¿Cómo es posible que no me reconozca?—.  Sencillamente, en el cerebro del tipo no estaba codificado el hecho de que la doctora Karen Harrison pudiera permitirle mirar su rostro, sin moverlo, a tan poca distancia, aunque estuviera disfrazada con la peluca de cabellos castaños y las gafas oscuras.
Poco a poco recupera el movimiento.  Continúa caminando pesadamente; como si las piernas se le hubieran convertido en las de un elefante.
A punto de desfallecer logra doblar la esquina desde la que puede ver el Studebaker azul.  Trata de avanzar pero no tiene fuerzas.  La cantidad de rostros iguales que ve le produce mareo.  La intrincada madeja de sonidos, voces y pitos que oye, empieza a convertirse en un estridente zumbido.  Las náuseas la acosan; tiene que apoyarse en un portal amarillo para no caer; dentro de ella todas las entrañas parecen adquirir vida propia y se lanzan en sucesivos ataques, hasta que tiene que ceder vomitando en violentas arcadas contra la puerta verde.  Las personas que transitan por la acera apenas hacen cara de asco y caminan como si existiera una prohibida línea dibujada a prudente distancia en torno a ella.
Agachada, vacía, atontada por el agudo silbido en los oídos y respirando pesadamente, oculta el rostro y se limpia la boca con el extremo de la falda.
Con trabajo se incorpora y mira a su alrededor, comprobando que no hay nadie vigilándola a ella o al Studebaker.  Caminando torpemente —como los borrachos que tienen que andar rápido para no irse de cara contra el piso—, llega hasta la portezuela del conductor y se recarga en ella.
Con mano temblorosa ubica el llavero dentro del bolso y se dispone a abrir la puerta.  Dirige la punta de la llave a la cerradura, pero, cuando la empuja, ésta parece moverse a un lado.  La operación se repite hasta que logra introducirla unos milímetros, pero no quiere entrar más.  Presiona con fuerza, pero los dedos húmedos resbalan a lo largo de la llave hasta que la uña del pulgar tropieza contra la cerradura, y se parte por el centro desprendiéndose de la carne hasta la mitad; una gota roja aparece en la fisura y un fogonazo de dolor explota en el dedo y recorre el antebrazo para concentrarse en el codo.  Todo el cuerpo se estremece.  El rostro se congestiona y los ojos se anegan en lágrimas.  Mientras asimila el martirio, con la mirada líquida, revisa que nadie se fije en ella.
Como autómata que funciona gracias a la energía de las pulsaciones del pulgar derecho, saca la llave de la chapa con la mano izquierda y apoyándose en el carro, lo rodea por la parte posterior para intentar en la otra puerta.
Esta vez la chapa funciona con suavidad y puede subir al carro.  Cierra la puerta, abre la guantera, busca algo con que limpiarse, y encuentra —detrás del casete y el estuche cromado— un engrasado pedazo de tela con el que envuelve el dedo lastimado; lo va a presionar, pero lo suelta rápidamente al caer en la cuenta de que puede contraer una infección.  Lo piensa tres segundos.  Sonríe escéptica, y lo envuelve de nuevo buscando el alivio que le da la presión.  Se lo flexiona y lo mueve de lado a lado.  El dolor disminuye.  Deja el trapo en el piso y se desliza por el ancho cojín —por delante de la grabadora de pilas— hasta el puesto del conductor.
Mientras con la palanca de cambios pone la transmisión en neutro, observa con cuidado el espejo retrovisor y los alrededores.  No hay nada sospechoso, pero no se puede confiar; los hombres que la buscan andan por ahí, y seguramente no son los únicos, el cuerpo de seguridad del viejo es muy numeroso.
Acciona el arranque pero el motor se niega a encender.  Oprime repetidamente el acelerador y lo vuelve a intentar.  Nada.  Insiste varias veces, hasta que la fr
Publicado el: febrero 06, 2008

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