(Viene de “El Manifiesto, o, Anastiana 7”)
… en la alfombra de la sala sentados frente a frente en posición flor de
loto, con las rodillas, las frentes y las palmas de las manos unidas, con los ojos cerrados terminaron de recitar al unísono el Manifiesto de Lealtad. A un lado el libro carmín con letras doradas cerrado sobre la alfombra. Desde el equipo de sonido se oían románticas y apacibles las notas de “Träumerei”, de Robert Schumann. Abrieron los ojos y se miraron con intensidad. El brillo danzante de las velas jugaba con las iridiscentes estrellitas de
colores, y confería a la blancura de las pieles un cálido tono que contrastaba con la fría luz de luna que entraba por el
ventanal. Los cuatro ojos café profundo se veían centelleantes. Cada uno tomó el rostro del otro con las dos manos y le dio un beso en la frente. Se miraron, sonrieron, y se abrazaron.
Era un amplio apartamento de un solo salón. El ambiente era informal pero ordenado. Alfombras y tapetes regados por el piso de manera casual formaban agradable composición. En las paredes de ladrillo y sobre los escasos muebles de cuidada madera vieja, adornaban cuadros, tapices, papiros, esculturas, y otros objetos relativos a la cultura egipcia antigua. Muchas velas de colores en candelabros de originales diseños. A cada extremo del salón el futón oriental en que dormía cada uno de los hermanos, ambos rodeados de mesa de noche, teléfono, biblioteca y armario para ropas. Los dos lados se veían casi iguales; como si en alguno de los dos hubiera un espejo que reflejaba al otro. En el centro, ambiente de sala con muy pocos muebles y muchos cojines esparcidos en el piso. Al costado opuesto al de la entrada, a lo largo de casi todo el salón, un gran ventanal desde el que se apreciaba el agradable paisaje que formaba el campo de golf de un exclusivo club campestre, que en ese momento no era otra cosa que un enorme espacio oscuro. Frente al ventanal, hacia el lado de Anastasia, el caballete, la mesa de trabajo, el estante con lienzos, pinceles y tubos de óleos. Al mismo lado pero más cerca al lecho de Ángelo, un mueble con compartimientos para el equipo de sonido, el “Betamax”, y el televisor.
Los hermanos se pararon; los cuerpos muy altos —ciento ochenta centímetros ella y ciento noventa él—, blancos, delgados y atléticos, eran hermosos. Sus movimientos y actitudes totalmente naturales, denotaban la costumbre a verse por completo desnudos, y que ése era el estado en que se sentían más cómodos. Las facciones de ambos: clásicas, rectilíneas, limpias, muy parecidas, hacían que a veces los confundieran con un par de mellizos.
Con un comportamiento más parecido al de niños jugando que al de adultos planeando cosas muy serias, mientras Anastasia recogía el libro y lo ponía en algún mueble, Ángelo desdobló sobre la alfombra un gran cuadro de cartón, en el que habían dibujado un complejo de caminos en secciones a la manera de los tableros con juegos infantiles. Anastasia trajo una caja que contenía ocho piezas de ajedrez muy grandes, pintadas de distintos colores, y un paquete de hojas de pergamino con texto escrito a mano. Con el tablero en medio se sentaron en posición flor de loto sobre cojines, sacaron las piezas y las ordenaron en línea a un lado.
Ángelo, mirándolas con admiración, situó las dos torres, una pintada de rosa y otra de azul, juntas en un cuadro del tablero.
—Esencia mía. Dos veces diez, mas una, ha girado la mundana esfera en torno al astro rey, a partir de la nefasta hora que a nuestro destino limitó única senda, que recorrido hemos hasta el sitio que ocupan las torres que nos emulan
—Así es, mi noble sangre —Anastasia acarició las torres—. Dos veces diez mas un año, que ya entre monstruos peludos o tétricos parajes, como en insignes escuelas o ingentes vivencias plenas de enseñanza, esculpido han en el monolito que tenemos por alma, las propiedades de guerrero apto para ocupar éste, el presente sitio.
—La verdad decís, mi mente. Vericuetos, remolinos, torme