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Síntesis y críticas breves

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DIOS HA NACIDO EN EL EXILIO

por : epicteto     

Autor : VINTILA HORIA
“Cierro los ojos para vivir. También para matar. En esto
soy más fuerte, pues él (Augusto) sólo cierra los ojos para
dormir y ni
siquiera el sueño le reporta consuelo alguno. Sus tinieblas están pobladas de muertos,
de crueldades que le obsesionan...” Corría el año IX  de la Paz
Augusta, conocido Período Áureo de un reinado  que vivía un flamante florecer literario y artístico.  En el escritor rumano Vintila Horia el tema
de la expatriación, por él mismo experimentada, ocupará uno de los núcleos
centrales de su, un tanto, exigua obra. Fue 
en 1958, cuando exiliado en Madrid, y celebrándose en Europa el
bimilenario del poeta Ovidio Nasón (muerto en Tomis, frente al
Ponto Euxino  la que fuera primitiva Rumanía habitada por el pueblo
Geta y sometida a Roma), estos dos hombres se entrecruzarán, como unidos por
esas especies de jugosas brisas que para muchos escritores, amantes de la
antigüedad, sientan las bases del acaecer histórico; y, en el caso que nos
ocupa, presidido, una vez más, por el tema del ostracismo. Sombras, las de
Horia y Ovidio, que, no obstante, destellan con una fuerza inaudita frente al
súbito recuerdo, imperecedero en el tiempo, y que los une ya para siempre en sus
respectivos universos literarios.
Ovidio desapareció, en efecto, entre las tinieblas del Ponto
Euxino, dejando tras él una amarga emoción de
soledad, que comenzaba a deslizarse en pos de su presa,  ahogada ya en esa negrura invasora de las
distancias insalvables. Su exilio, misterioso, se sumió en la fina textura del
olvido y del tiempo, al que él había tratado de engañar en la época aúlica de
sus favoritismos, siempre apetente de su propia gloria: “Viviré en los
siglos” ( sus postreras palabras, recogidas en su
“Metamorfosis”, antes de ser deportado). Así, entre aquel llamear de nuevas
tierras descarnadas, Ovidio vivió el tránsito fatídico de los
postergados, y el hambre del mendigo al que le fue negado el pan último de la
gloria Augusta.
La historia jamás dilucidó con exactitud los motivos por los que Augusto le
impusiera el destierro a las desoladas orillas del Mar Negro,
aunque se vislumbrase como causa posible las relaciones pecaminosas que el
lascivo poeta (que se creyó designado por la misma Venus para propalar en
dulces versos la semblanza libidinosa de Eros) mantuvo con la joven Julia,
nieta del emperador, y expulsada de Roma por su abuelo.
Gimiente vehículo este diario apócrifo, concebido por
Vintila Horia, en el que late la aspereza constante de una vindicativa y no
menos Olímpica amenaza en boca de Ovidio, sin que nada ni nadie logre, al
principio del libro, apartarle de las maquinaciones impenetrables que generar
puede el odio, jabalina de oro de vana sutileza, que, sin atildaduras ni
remilgos, tantas veces acaricia con pulida uña el corazón de los hombres.
Doloroso despertar a la tributaria oscilación de los meses y años de solitario
tormento, frente al desfile de nuevos mundos extraños, que, trascendentemente,
recogerían sus impresiones últimas y trágicas entre la autoría  testamentaria de su famoso libro “Tristes y Pónticas”. Lamentos de
aquel  gentil, que, aunque perdida ya toda expectativa de regreso a su amada Roma, jamás
aceptaría el escarnio de su exilio en una de las provincias más olvidadas del
gran Imperio Romano.
Cierto, porque de sus primeras lamentaciones, aún cálidas y
confiadas, nacerá, merced a la afilada pluma de Vintila Horia,  una lengua de escorpión, capaz de recorrer
sus nuevos altares de holocaustos entre en frío y duro acero de su soledad.
Únicamente el sueño del oscuro hechicero divinizado
“Zamolxis” (uno de los mejores pasajes del libro) lo sumirá en
su cueva somnolienta por la que avanzará hacia el olvido total. Una conformidad 
que no reconocerá ya más inocencia que la de su inmediata muerte entre las
angosturas de Tomis. Allí culminarán todas las opulencias del romano que
abominara de  los símbolos de la
castidad, ante el acecho de las invasiones Dacias, cuyas flechas envenenadas
atravesarán sus murallas como presagio de malaventuranza. Y allí caerá devorado por la fiebre, frente a  las nieves inmisericordes del invierno,
entre el aullido de los lobos y las ráfagas gimientes del viento, añorando
las dulzuras del pasado en su Ciudad Eterna. Su única confesión de  horror frente a la realidad de su presente
quedará glosada en su postrer obra de vena elegíaca,
impetrando durante sus años de destierro, inútilmente, en mil escritos, el
perdón de Augusto, la ayuda de su esposa Fabia y de sus más íntimos amigos, ya cautelosos y desentendidos.
Como se sabe, Ovidio Nasón regresó a Roma, pero ya
cadáver, acompañado quizás por un
último lamento: “¿Qué hice yo para que así me odiárais?...
En efecto, si hay lectores capaces de aventurarse hasta ese
emocionante trote de los corceles de la imaginación de un escritor,
para internarse en la flamante evolución interna de ese Ovidio revisitado por
Vintilia Horia, que así se atrevió a desgranar las descarnaduras vivenciales de
tan áspero mosaico histórico, oculto por el tiempo, como el que  recorren sus
páginas apócrifas, al igual que raices sorprendidas en su origen, y que descubrirán los filamentos más sutiles de aquel eternizado exilio vivido por Ovidio Nasón,
aprenderá también que, aunque se pueda morir antes de haber muerto, es
únicamente un solo cielo el que se extiende por encima de nuestros sueños, de
nuestras angustias, de nuestros frutos, entre tantas tierras ensangrentadas por
hombres desconocidos. Y que también, bajo ese mismo cielo, existen fuegos de
nuevas promesas, que harán que no nos sintamos extranjeros en el exilio...
Publicado el: enero 21, 2008

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