CHRISTINA DODD: 'RULES OF SURRENDER'; Avon Books, Inc. New York, 2000
Tres resueltas jóvenes inglesas - hermosas y de
buenas familias, pero pobres - se deciden a tomar las riendas del destino en sus manos y abren una agencia de gobernantas para niños de familias aristocráticas. Esta es la
historia de una de ellas, Charlotte, a la que seguirá, así lo promete la autora, la historia de las otras dos.
Lady Ruskin, dueña del espléndido Austinpark Manor situado en la campiña inglesa, no muy lejos de Londres, contrata a Charlotte para enseñar modales a sus dos nietos, de ocho y diez años, recientemente llegados desde El Bahar con su padre que había dejado Inglaterra quince años atrás para llevar una vida de aventuras en el Lejano Oriente. Hasta acá todo marcha sobre rieles. Tanto los acontecimientos como la historia que los relata. La perfecta, intachable y digna gobernanta educa a estos niños, encantadores en su justo equilibrio entre docilidad y rebeldía, de acuerdo a las costumbre victorianas de mediados del siglo pasado. Y, aunque no sucede nada más que eso, las
descripciones de la vida en ese maravilloso lugar y el clima social que refleja, están estupendamente transmitidos y se disfruta la lectura.
La cosa se complica cuando entra en escena Lord Wynter, el papá, porque parece ser que él, hosco y torpe, circulando descalzo y con un aro en la oreja, es quien más desentona y necesita urgentemente ser reeducado. Abocados a esta tarea, ambos se sienten mutuamente atraídos pero no parecen ponerse de acuerdo, porque él quiere convencerla de que a las mujeres - así se lo enseñó su mentor beduino, el jefe de la tribu - se las cuida pero no se las ama, mientras que ella pretende ser amada y valorada como persona independiente. Todo esto a través de burdos diálogos interminables cuya simplicidad no resiste análisis. Ella recién declara ser feliz cuando, ya casada con él (a contrapelo?) y bien al final de la historia, escucha de sus labios las añoradas palabras 'te amo'.
Realmente todo es demasiado simple y la trama demasiado precaria. No hay suspenso alguno y lo que aparenta ser lucha de ideologías no es más que superficialidades de la boca para afuera. Quizás lo mejor sean las descripciones eróticas de la pérdida de virginidad de la heroína que el lector va recibiendo en lentas entregas v donde el héroe no se muestra tan bruto como cuando habla. Es que la escritora escribe bien, no es la forma el problema sino el contenido.