-¡A la carga!-. Gritaba Rolandito. Tenía 6 años y su pasión era leer historias de conquistadores, piratas, mambises y grandes
héroes.
-¡A la carga Valientes
soldados!-.gritaba
empuñando una espada que le había regalado su mamá.
Así pasaba horas y horas hasta que metido entre libros y juguetes se quedaba completamente dormido, empuñando la espada, por si algún malvado se atrevía a entrar a su cuarto en la madrugada.
Su sueño poco a poco se volvía profundo y su cuerpo vestido de mambí se trasladaba hasta la columna del Lugarteniente General, Antonio Maceo, y allí estaba, espada en mano, al lado del titán de bronce que a toda voz decía
-¡Al machete! -¡Al machete!
Y Rolandito empuñando su espada cruzaba la línea enemiga, blandiéndolo sobre los invasores. Así cabalgaba y libraba batallas feroces hasta el amanecer, cuando su mamá dulcemente lo despertaba para ir a la escuela, donde contaba en cuantas batallas había luchado y como Antonio Maceo era un bravo guerrero que no se asustaba con nada.
Contaba que un día en que el enemigo estaba muy cerca, el general comentó:
-Necesito un valiente soldado que cruce la línea enemiga y pida refuerzos, hay muchos soldados enemigos y necesitamos aumentar las tropas.
-Así será mi general –Y rápidamente montó su caballo y galopando sin parar cumplió tan importante misión.
-Ah y gracias a mi misión, se ganó esa batalla-.Así decía nuestro amigo a sus compañeros de aula que no dejaban ni un segundo de prestar atención.
Luego en la tarde cuando Rolandito llegaba a su casa, corría a la biblioteca a leer sus libros de historia de Cuba. Todos ellos contenían bellas leyendas de valientes soldados cubanos contra las fuerzas colonizadoras, que devoraba uno a uno; gritando, espada en mano, esperaba la noche para así poder volver a soñar.