Loco Peligroso. Los bomberos se encuentran frente a hechos inimaginables, entre ellos: con locos: muchos de los cuales
son sumamente agresivos y actúan con inteligencia, fuerza y violencia máxima.
Los pabellones de ese hospital tienen la altura de tres o cuatro pisos. El loco amenazaba con tirarse desde la azotea y movía los brazos en forma de remolino para lograr equilibrio, es decir, en cualquier momento caería de verdad; en su mano izquierda brillaba un metal que reflejaba la luz.
Busqué cuatro
compañeros fuertes y les indiqué que subieran por una
escalera que daba a la azotea, y les dije que mientras ellos subían, yo entretendría al orate, hasta que pudiesen actuar.
El carro escaleras, tenía un teléfono para poder impartir órdenes desde lo alto. Pasé una pierna por uno de los peldaños para asegurar que podría soltar mis manos sin caer o resbalarme.
Cuando la escalera comienza a desplegarse, vas viendo el carro cada vez más pequeño, se va alejando despacio, aunque produce la impresión de que va muy rápido y cuando la escalera está totalmente desplegada, el carro llega a parecer un pequeño juguete, por lo menos esta era mi impresión cada vez que subía; además, el viento produce en la parte superior un constante movimiento de vaivén, muy desagradable.
Comenzó la subida poco a poco, ya cerca de la azotea descolgué el teléfono y comencé a hablar con el jefe del carro. El teléfono emitió un sonido agudo y dejó de funcionar. La escalera seguía acercándose peligrosamente a la punta de la azotea, pues estaba muy pegada a la misma. Hubo un momento en que tuve que sacar rápidamente la pierna que tenía dentro del peldaño, porque corría el riesgo de que la escalera me la trozara contra el borde de concreto del edificio. Comencé a hacer señales manuales, pero nada, la escalera seguía y comenzó a raspar la pared en el borde de la azotea. Ahora me encontraba sujeto con ambas manos del peldaño, sin seguridad, ya que por el apuro en subir, cometí la negligencia de no ponerme el cinturón de seguridad que sirve para engancharse en los peldaños en caso de emergencia.
Allí, frente a mí, se encontraba aquel león enfurecido, alto y corpulento, con un cuchillo de carnicero en su mano derecha. De pronto se detuvo la escalera, pero había quedado totalmente pegada a la pared y a una altura tal, que se podía bajar cómodamente en el lugar. Yo me encontraba desarmado, pegado a aquel loco peligrosísimo, y la gente del carro escalera no me escuchaba por el teléfono, ni tampoco veían mis señales manuales. Además, me seguían constantemente con los reflectores, y me encontraba completamente iluminado y cegado por las luces, es decir, era un blanco perfecto para el cuchillo del orate.
Yo miraba, buscando la llegada de los cuatro compañeros, pero nada, todavía no aparecían.
El loco, con los ojos desorbitados, comenzó a hablarme medio enredado, pero yo lo entendía perfectamente. Me amenazaba con saltar a la escalera, me decía: “A que brinco, va, a que brinco y te mato”, y lo repetía constantemente.
De pronto comenzó a avanzar hacia mí, acercándose peligrosamente, avanzaba un poco y paraba. Yo, soltando una de mis manos, la dirigí hacia la parte trasera de mi cuerpo, como si fuese a coger algo y lo amenacé: “Si te vuelves a acercar, te dispararé, así que aléjate de inmediato”.
Él se quedaba pensativo y retrocedía, y avanzaba otro poco, y yo lo volvía a amenazar. Esto duró entre tres o cuatro minutos, que a mí me parecieron horas. Al fin vi a los compañeros, que venían agachados avanzando rápidamente, protegidos por la oscuridad y comencé a amenazar al loco emitiendo amenazas a toda voz, para distraer su atención.
Ya los compañeros estaban bien pegaditos a él, entonces les hable, pero sin mirarlos, mirando hacia arriba para que él también mirara: “Cuidado con el cuchillo, que el tipo está bien fuerte”. Aquel loco me miraba asombrado, quizá pensando que el loco era yo, que estaba hablando con el cielo.
Rápidamente, el compañero que venía al frente del grupo lo sujeto por la muñeca de el brazo donde portaba el arma y otro de los compañeros le agarró el otro brazo, otro le aguantó las piernas y el cuarto le tomo la mano portadora del cuchillo; tenía el arma tan apretada que parecía pegada a su mano, hasta que al fin, el cuchillo y el loco cayeron al suelo. Yo, que había saltado para ayudar a los compañeros, les dije; despéguenlo del borde, que están todos muy cerca. Después le amarraron manos y brazos. El personal del hospital le colocó una camisa de fuerza y fue reducido a la obediencia. Aquel hombre se movía realizando raros movimientos con su cuerpo dentro del largo camisón blanco.
Los médicos le aplicaron una inyección con un tranquilizante, pues tiraba patadas y gritaba con gran fuerza, tratando de soltarse.
Cuando bajamos, los compañeros del carro escalera me explicaron que las luces producían sombras y por eso no veían mis señales manuales, y que desde abajo, aunque estaba bien iluminado, no parecía tan pegada la escalera al borde de la azotea. Al teléfono se le había partido el cable.
Es increíble como razona una persona que está totalmente ida de la realidad, totalmente enloquecida y que actúa con inteligencia y fuerzas multiplicadas.
Al parecer los locos no son tan locos como parecen.
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