Sospecho en Sharpe a uno de esos escritores que crea una
inmensa “capilla” de seguidores agrupados en torno a
una
serie de parámetros fijos, de pautas sabidas esperadas
y
celebradas de antemano a cada nuevo volumen. Un mundo
mental determinado, una cierta manera de ser: uno de
esos
escritores con los que se congenia o no. Sus personajes
procuran ser desaforados, y Sharpe nos los explica
siempre
desde su lógica implacable de persona sensatísima,
anclado
en el “lado bueno” de la realidad, los pies bien
seguros
sobre la tierra. Si hay contacto, afinidad lector-
escritor,
la complicidad se produce: entonces Sharpe es el
escritor
más divertido de nuestro tiempo, como reza la
contraportada
del
libro de manera un tanto hiperbólica (como es la
obligación de toda contraportada). Pero si, por el
contrario, el que lee no está demasiado seguro de los
límites del término “
normalidad”, que Sharpe aplica tan
alegremente, ni cree en lados buenos o malos
químicamente
puros, entonces puede ser que encuentre en este libro
mucho
de mecánico, de obvio y a veces casi de cargante.
Este casi es lo que salva a Sharpe. Lo mejor que se
puede decir de él es que resulta siempre entretenido, y
lo
peor, quizás, que muchas veces resulta solamente eso.
La
voluntad de coherencia, el pretender mantener a lo
largo de
tramas tan rocambolescas una ilusión de “mundo real”,
de
verídico, crea ese contraste del que nace su humor pero
a
la vez, paradójicamente, es uno de sus peores lastres.
Sharpe se explica demasiado: muchas veces, al placer de
contar algo gracioso prefiere el énfasis en lo graciosa
que
ha sido tal o cual cosa (desde la “guiñada”, desde esa
normalidad de usted y yo nos entendemos). Este recurso,
repetido hasta grados de cierta saturación, es la
unidad
básica, el “ladrillo” con el que se construye su
estilo,
aunque incrustados entre los ladrillos refulgen aquí y
allá
algunas piedras preciosas. En especial es de destacar
el
párrafo que da comienzo al libro, y toda la parte
dedicada
al sistema educativo y sus métodos pavlovianos de
estudio,
así como ese profesor de tan curioso pedigrí amante de
las
novelas de aventuras. Y un poco más adelante, confinada
en
tres líneas gloriosas, cierta conferenciante nórdica,
voluptuosa y partidaria del amor libre. Párrafos como
esos
hacen sospechar que Sharpe no da lo mejor de sí mismo
más
que a veces, el resto es una acumulación de carreras y
batacazos, idas y venidas, diálogos llenos de énfasis.
A
sus seguidores, que son legión, parece bastarles con
eso.
Pues santo y bueno, y Dios salve a la literatura.