Entrar en El
vicario de
Wakefield, vivirlo como se merece, supone aceptar de
partida toda esta serie de incoherencias
polvorientas,
con
un cierto tufo a formol de las academias de Historia,
como
puede ser esa irritante resignación social, compartida
por
ejemplo con su coetánea Jane Austen, que ve en las
desigualdades e injusticias algo connatural al hombre,
inamovible como las partes de un árbol, y que para
alcanzar
el final feliz se ve forzado a recurrir al rico
heredero de
turno, al millonario de pronto bondadoso. Para colmo,
el
protagonista del libro es un
vicario caído en desgracia
que
busca sacar adelante a su familia, y resulta mucho más
inverosímil escuchar estos pensamientos en él que en
los
personajes de Austen, cuyas vidas transcurren entre
algodones y rentas familiares.
Lo asombroso es que este ejercicio resulta no sólo
posible
sino también muy grato. Poco a poco se descubre una
secreta
sabiduría en la elección narrativa de la primera
persona,
la del autor que busca lanzar dardos secretos sobre su
tiempo, y además se trata de un libro construido a
golpes
de pura gracia. Goldsmith parece tener
siempre un ojo
puesto en el entretenimiento que algunos
llamarían “popular”, y no teme acumular eventos a ritmo
de
folletín que acaban sumiendo la historia en un ambiente
casi psicodélico. Le beneficia también una estructura
sólo
en apariencia ortodoxa, con sus epígrafes moralizantes
al
antiguo modo, pero en realidad cercana al collage, con
la
inserción de baladas, paréntesis reflexivos,
inesperadas
bifurcaciones de la trama que varían el ritmo con gran
efectividad. En este sentido, uno de los grandes
momentos
es cuando nuestro ex vicario sale en busca de su hija
descarriada y por el camino se enferma tanto que al
recuperarse se diría que se le ha olvidado
completamente
que tenía una hija. Entonces mantiene una sesuda
conversación sobre política con un desconocido en una
posada, luego ambos se unen a una trouppe de teatro
ambulante, y en una de las representaciones el actor
principal resulta ser otro hijo descarriado al que
todos
creían estudiando, y que, arrepentido de su conducta al
descubrir su padre, decide alistarse en la marina (!)
Todo esto contado con un aplomo sabio, de partida de
cricket del domingo. La novela sabe además ser sutil
con el
tema de la maldad, siempre bordeando la frontera de lo
risible, pero sin traspasarla, y esa es su grandeza: el
señorito lujurioso que para seducir a las muchachas
escenifica matrimonios con un cura falso es de una
audacia
digna del Marqués de Sade.
Resulta comprensible que una obra tan original, tan
única
en su especie tras la hojarasca convencional, se
conserve
tan saludable con el paso de los años. Por definirla en
pocas palabras, su gran arma es el humor. Y no
parecerse a
nada.