FAROLITO EL COCUYITO VALIENTE
Cuenta la historia que una ciudad llamada la Habana, vivía un niño que se llamaba Ramón.
Su padre era el farero del morro, y pasaba las noches vigilando la entrada de la bahía para que ningún barco perdiera su ruta; se ayudaba con un
faro gigantesco que se iluminaba con una inmensa llama provocada por algún combustible cuyo nombre no he logrado saber.
Mas un día pasó algo inesperado, debajo de una roca cercana al lugar, se veía una luz azul como el cielo, que flacheaba sin parar.
Ramón asustado corrió y se escondió detrás de una roca y poco a poco comenzó a asomar su cabeza temeroso de que algo malo le pudiera pasar.
Poco a poco se acercó y escucho una voz que decía,
-No temas amiguito, no te voy a lastimar.
Confundido, Ramón miró a todos lados y la voz le dijo;
-Aquí, Aquí abajo en la roca.
El niño quedó perplejo y se dio cuenta que la voz provenía, al igual que la luz, de un insecto grande como un escarabajo, pero que a diferencias de estos, sus ojos brillaban como dos inmensas aguas marinas.
-¿Y tu quién eres? preguntó Ramón.- ¿Es que acaso puedes hablar?
-¿No lo ves? Me llamo Farolito, y soy el
cocuyo más viejo de esta ciudad. He vivido junto a este faro toda mi vida y he visto desembarcar en estas costas a corsarios, piratas y hasta los mismísimos ingleses.
Ramón miró con desconfianza, y el cocuyo afirmó.
-¿Quieres que te cuente una historia?
-Hace muchos años, se corrió la voz de que un valeroso marinero arribaría a nuestras costas en un gran galeón para defender la ciudad.
Todos los vecinos se prepararon a recibir a tan honorable caballero, organizaron una gran bienvenida en el puerto y durante largas horas esperaron la llegada de tan ilustre soldado.
Ya entrada la noche comenzó a soplar el viento y una gran tormenta azotó la ciudad y el gobernador corrió a la torre del Faro para divisar la llegada del esperado galeón; grande fue su sorpresa al divisar la luz del faro apagada.
Comenzaron a buscar mil maneras de encender el faro, pero el viento lo apagaba una y otra vez. Mi padre y yo que éramos cocuyos del lugar, veíamos como corrían todos desesperados, y como las velas del galeón se divisaban buscando por donde entrar.
En medio de la desesperación alguien gritó una luz azul se divisa en las rocas, y corrieron hasta este lugar donde siempre he vivido, el gobernador de la ciudad pidió por favor a mi padre que ayudásemos a iluminar el camino del galeón, mi padre viejo y casi apagado, me dijo; - Hijo, se valiente y ayuda a tan noble marinero, ve y has tu mejor luz.
Volando rápidamente subí al faro y abriendo mis ojos azules iluminé todo el mar, así nuestro galeón llegó a tierra sin ningún percance.
Desde entonces nadie más ha recordado mi nombre; me convertí desde ese día en “FAROLITO EL COCUYITO”, y siempre me mantengo alerta en esta roca por si alguna vez el faro se vuelve a apagar.
Ramón se despidió del cocuyo asombrado y corrió hacia donde estaba su padre junto al faro. Al llegar, el padre le comentó que venía una tormenta y que estaba preocupado por los barcos.
Su hijo le contestó:
-no te preocupes papá, Farolito el cocuyo vigila y nada podrá pasar.
El padre sonrió, pensando cuanta fantasía había en aquellas palabras, sin saber que no lejos de allí en las rocas un buen amigo estaba alerta.
“FAROLITO EL COCUYITO VALIENTE”