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Síntesis y críticas breves

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Mahoma, El Profeta

por : Donanfer    

Autor : Donanfer
Había nacido en el año 570 en un país cálido y pobre, Arabia, cuando los cristianos de Bizancio y los seguidores de Zoroastro,
de Persia, habían sembrado ya las semillas de dos nuevas religiones entre los nómadas del desierto. Era imposible que pudiera imaginar el triunfo tan grande que aguardaba a su fe y a su pueblo. Sus primeros conversos fueron su esposa, su primo Alí, siervo de Zaid, y su amigo Abu Bekr. Era el año 622, la fecha a partir de la cual cuenta la era musulmana. A partir de este momento el destino se le presentó más propicio y emprendió la guerra abierta por el triunfo de su fe. Era preciso imponer su credo por la fuerza de las armas, conquistar La Meca y unir a todos los árabes bajo un signo común, la media luna. Cuando sus huestes lograron entrar en La Meca, Mahoma mandó destruir trescientos sesenta ídolos que allí se veneraban. Mahoma había leído o bien oído hablar del Evangelio y de Jesús; conocía la fe de los judíos, y los nombres de los grandes patriarcas del Antiguo Testamento no le eran extraños. Por esta razón aseguraba que era el ángel Gabriel quien le había aparecido, y reverenciaba los nombres de Abraham, Moisés y Jesucristo. Pero su religión no es una mezcla de judaísmo y de cristianismo, sino algo distinto, sensual y violento, con atisbos geniales y poéticos. Sólo existe un dios que es Alá, y Mahoma es su principal profeta. La piedra negra, la Kaaba, que se conserva en La Meca, cubierta por un paño negro era adorada mucho antes del advenimiento de Mahoma y el profeta conservó esta devoción incrementándola con el mandamiento de que todo fiel ha de peregrinar por lo menos una vez en su vida hasta La Meca y dar tres veces la vuelta alrededor de la piedra sagrada. Así como los cristianos tienen los Evangelios por libros sagrados, Mahoma impuso el Corán, donde están recopilados una serie de preceptos minuciosos que regulan la vida. La religión, como unión entre el fiel y Alá, viene determinada por un reglamento donde todo está previsto. Es preciso realizar cada día unas abluciones, unas genuflexiones y unas reverencias mirando hacia La Meca. La limosna era obligada, así como el ayuno. El buen musulmán se abstiene de comer carne de cerdo y de probar bebidas alcohólicas. El destino del hombre en esta vida es obrar bien, trabajar, sufrir y aguardar la muerte. El que muere libre de culpa, habiendo practicado todas las reglas, después de cumplir todas las disposiciones santas, habiendo dado limosna a los pobres, habiendo practicado la justicia, tiene derecho a esperar una recompensa eterna en el Edén. El paraíso de Mahoma es de carne. En él corren ríos de ambrosía; bajo los árboles reina siempre un frescor delicioso y hermosas huríes cuidan de los bienaventurados para facilitarles cuanto deseen. Es, pues, un paraíso sensual, donde los sentidos son recreados sin que su goce canse nunca, y también un paraíso carnal donde la fogosidad árabe encontrará satisfacción completa. Los condenados permanecerán en un desierto de soledad, azotados por un viento implacable que levantará nubes de arena y no podrán beber sino oleadas de fuego, caminando incesantemente por una ruta sin fin. Para conseguir la entrada en el Edén es preciso luchar en la guerra santa contra el infiel. Entonces los que mueran en el campo de batalla, en defensa de la media luna, cubiertos de heridas, renacerán resplandecientes en el paraíso donde les aguardan las huríes. Estas ideas que a los hombres de occidente pueden parecernos demasiado simplistas y que nos ofrecen un vago parecido con el Walhalla de los dioses nórdicos, levantaron de su secular marasmo el pueblo árabe y lo lanzaron a la conquista del mundo conocido. Un siglo después de la muerte del profeta los estandartes mahometanos se extendían desde las orillas del Atlántico hasta los confines de la India, y sobre tres continentes resonaba el canto del muecín invocando a la oración desde los innumerables minaretes de las mezquitas que los hombres de la media luna levantaron a su paso. Hoyla mezquita de Omar se levanta grandiosa y llena de majestad en el mismo lugar donde, según Mahoma, el ángel le instó a predicar la gran nueva, pero el mundo musulmán permanece dentro de unas fronteras bien delimitadas. Durante largos siglos el cristianismo y el mahometismo lucharon implacablemente. Jerusalén, la ciudad santa de los cristianos, cambió cinco veces de mano durante las Cruzadas . Se trata de una religión monoteísta embebida en un fuerte espíritu nacional, de raza y de pueblo, en la cual se encuentran verdades dignas de consideración y auténticos halagos a la sensualidad y a la violencia propias del espíritu oriental. Es la obra personal de un hombre convencido de su destino trascendental, y que después de una vida en muchos aspectos miserable y poco elevada, consiguió electrizar a un pueblo lanzándolo a la aventura de una guerra santa.
Donanfer
Publicado el: diciembre 27, 2007
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