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Síntesis y críticas breves

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Crónica de una muerte anunciada

por : descial    

Autor : Gabriel García Marques
MI VISITA DESPUÉS DE LA MUERTE DE SANTIAGO NASAR
El calor húmedo y pegajoso, los mosquitos y el olor a aguas quietas
que venían mezcladas con él del mar. Me hacen muy incómodo el caminar, porque evidentemente, ni los vaqueros ni el calzado deportivo que llevo puesto son la vestimenta adecuada, para éste lugar y menos cuando las comparo con las ropas de lino blanco, frescas y holgadas que usan los naturales de la región.
La policía no fue mucho más verbosa que digamos, me miraron sorprendidos, como si tuvieran frente a ellos un alienígeno venusiano. Me derivaron al interventor pero éste ya no estaba en el pueblo, se había ido.
El ambiente es denso y hay un estado de nerviosismo generalizado.
Con las personas que hablé o traté de hablar, me dio la impresión como de que quieren olvidar, o que están tan choqueados que solo pueden expresar desconfianza.
Me hubiera gustado hablar con Bayardo San Román, pero también se había ido. Él había traído una ruidosa y pasajera alegría, pero había dejado una grande tristeza en algunos, recelos y desconfianza en otros, y rencores y sentimientos de culpa en unos cuantos que pensaban, que si hubiesen dicho o hecho tal o cual cosa, de pronto no había pasado la desgracia. También se dice que si los hermanos Vicario estaban decididos a vengar la ofensa, y el hecho no se hubiese consumado ese día, con seguridad que se produciría en otro, más tarde o más temprano, y en plano de las hipótesis, los pobladores se preguntan:
¿Qué hubiera pasado si Santiago Nasar pudo ser advertido a tiempo?
¿Se había defendido? O quizá pudo haber matado a uno o a los dos hermanos.  
Lo cierto es que el pueblo no es el mismo que era antes de la muerte de Santiago Nasar. Supongo que en la historia del pueblo, no fue el primer ajusticiado, ni tampoco será el último. Lo que lo hace especial son las circunstancias, el momento y las razones.
En la tienda de leche de Clotilde Armenda, alguien me dijo que creía muy injusta la muerte del árabe, que murió por algo que hoy día, después de los hechos, está muy desvalorizado.
Yo llegué hace tres días en el vapor a paleta, el mismo en que había viajado el Obispo, desilusionando a todo el pueblo cuando no descendió del vapor.
Cuando descendí del barco y me encaminé desde el puerto hacia la plaza, lo primero que vi fue la casa de Santiago Nasar y la puerta donde fue apuñalado.
El peso del calor y los mosquitos no era nada comparado con el peso de las miradas curiosas, recelosas y recusantes. Me miraban con desconfianza, pensando que podía ser otro forastero que pudiera traer más desgracias a la comunidad.
Me pude instalar soslayando la hostilidad de la dueña, en la Pensión donde había vivido Bayardo San Román.
Fui a visitar la casa del viudo Xius. Estupenda, pero estaba cerrada y no conseguí que me la mostraran por dentro.
Después emprendí la más difícil de las tareas, me encaminé a la casa de Ángela Vicario, estaba totalmente cerrada y silenciosa, parecía deshabitada, pero se respiraba un aire de muerte y de duelo. Estuve llamando un buen rato hasta que me atropellaron unos perros con ladridos y gruñidos poco amistosos.
Se ve que doña Purísima del Carmen, cuando escuchó el alboroto e los perros, miró por los visillos y al ver la extraña figura que mi persona proyectaba, pudo más la curiosidad que el dolor y recogimiento por el que estaba atravesando.
Cuando se enteró de que era, lo que yo pretendía, muy molesta y angustiada, me pidió que me retirara.
La primera persona que estuvo algo dispuesta a hablar, después de halagarle la belleza de Divina Flor y asegurarle que no era periodista, fue Victoria Guzmán. Concertamos para conversar al anochecer en la plaza bajo un desgarbado almendro. Al principio estuvo bastante resistente y enojada, habló mal de Santiago Nasar, que por mujeriego y por no saber respetar a una joven decente, bien merecida tenía la muerte, pero después lloró y dijo que era una hermosa persona, a la que mucho había querido, y que ahora la casa, la familia y hasta el mismo pueblo, ya no eran lo mismo.
En estos últimos dos días, algunos pobladores comenzaron a abrirse un poco más, pude vencer algo la dura barrera del silencio y estuvieron dispuestos a contestar algunas de mis preguntas.
El Cura Carmen Amador fue el que más fustigó la acción  de los matadores. En su homilía dijo que la vida era un bien de Dios y que nadie tenía derecho a quitarla y que la sangre que derramaron los condenaría por todas las eternidades, a los más profundos infiernos y que también serían castigados los que pudieron evitarlo y no lo hicieron.
Me dijo también que a pesar de que Santiago Nasar no integraba la Iglesia Católica Apostólica Romana, el Señor lo acogería en su Reino, si sus familiares y amigos rezaban fervientemente por la salvación de su alma pecadora.
También Cristo Bedoya y el Coronel Lázaro Aponte, alcalde municipal, lamentaron el trágico fin de Santiago Nasar, pero Flora Miguel, muy amargamente dijo que debía pudrirse en los quintos infiernos, por su manía de andar saltando en los lechos de las mujeres del pueblo.    Escriba su sinopsis aquí.
Publicado el: diciembre 27, 2007
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