Monólogo inspirado en la obra de Pablo Palacio "Un Hombre Muerto a Puntapiés" Hasta que al fin me mataron y me dejaron sin lo último que me quedaba: El resto de mi vida. ¡Ni que hubiera cometido algún
delito brutal! Sólo uno de ustedes fue capaz de darse cuenta. Para los demás no les iba ni les venía mi trágica muerte, como si aplastaran una cucaracha. ¿Pero
acaso no son mis manos, piernas, sangre, y todo lo demás iguales a las de ustedes? ¡Como pudieron confundirme
con algún animal!
igual a ustedes soy un hombre, pero me diferencio en que soy capaz de sentir la necesidad de unirme a otros seres hermosos de mi mismo género, amorosamente dispuestos a apagar mis ardientes impulsos sexuales. Eso es todo. Los de mi clase nos unimos únicamente por consentimiento mutuo. Jamás hay violencia. ¿No se dan cuenta que mucho más grave resulta esa ignorante obstinación de liquidar a todo aquel cuyo único delito es el de amar a otros de igual género? ¿Acaso me apoderé de alguien contra su voluntad, coerciéndole con tortura? ¿Alguien me ha denunciado por maltrato? ¡Claro que no! ¡Ni modo, pues mis actos son impulsados por el amor! Nací así; nadie me hará cambiar. Él se vinculó conmigo al toparse de pura casualidad con la amarillenta página de algún diario antiguo, que narraba la infausta noticia. Ni bien se enteró de mi caso le embargó una irrefrenable curiosidad que a ratos se entrelazaba con atípicas carcajadas y terminó como una imparable obsesión. A tal extremo escaló su afán por descubrir los pormenores de mi muerte que decidió hurgar cada uno de los detalles hasta poder descifrar la verdad. Minuciosamente revisó cada palabra de aquel artículo de crónica roja. Lo que más le llamó la atención fue el adjetivo "vicioso" que empleó el cronista para describir mi condición. Apurado se dirigió a la jefatura de Policía y tras paciente cabildeo consiguió acceso a una foto con mi retrato. Recogió toda información disponible, incluyendo mi nombre, aunque tuvo que colegir mi edad y adivinar mi condición económica. Hasta pudo darse cuenta que yo provenía de otro país. Sus profundas investigaciones le indujeron a deducir que aquel fornido pero primitivo sujeto, que había estado observando los hechos, en su limitado intelecto fue incapaz de comprender que el muchacho se encontraba conmigo por voluntad propia. Sin preámbulos, simplemente supuso lo peor y se lanzó sin el menor derecho a extraerme, de
patada en patada, hasta el último hálito de mi existencia...
Más sinopsis sobre Un Hombre Muerto a Puntapiés