Estábamos encima de un volcán que comenzaba su erupción de forma violenta y éramos bien consientes del riesgo que corríamos.
Siendo yo Jefe de los
Bomberos de Cuba, me informan que se estaba produciendo un fuego de gran intensidad en un barco carguero.
Me reuní con los jefes que tenían misiones asignadas y tomamos decisiones precisas sobre qué hacer en cada zona para lograr rápida extinción; había que abrir un boquete por la proa del barco y teníamos que explorar la parte central del barco, urgentemente.
Les ordene que ocuparan las zonas asignadas, que yo exploraría la zona central.
Aragó dijo bajaría conmigo.
Yo acepté, alertándolo de que podríamos tener dificultades. Le dije: “Aragó, si te pasa algo allá abajo, yo no puedo contigo, tú pesas mucho y no tendría forma de sacarte de ahí”. (Era un gordo bien pesado)
—Jefe, yo iré con usted —me dijo.
Al final, le dije a otro valeroso bombero, José Manuel Lee Marrero:
—Chino, tú vienes conmigo, busca una soga fuerte que vamos directo al infierno.
Comenzamos a bajar dentro de un humo caliente, que ya nos comenzaba a sofocar y molestar. Yo iba delante, Aragó me seguía y el Chino Lee detrás de nosotros, desde arriba los compañeros nos protegían con chorros de agua abiertos en forma de neblina para refrescarnos y aliviarnos del
calor, lo que a la vez convertía en más pesada y peligrosa nuestra bajada.
Nos encontramos una compuerta de hierro, cerrada con un timón metálico bastante grande. Fui directo y agarré firmemente el timón con ambas manos y las tuve que retirar a toda velocidad, pues se encontraba súper hirviendo y me produjo quemaduras instantáneas. Nuevamente comencé a abrir, pero ahora auxiliado por mi gruesa capa, a la que tuve que soltar los ganchos de cierre y expandir las dos partes delanteras para poder agarrar el timón con ellas. Al abrir mi capa sentí que me estaba asando, el calor me penetró al cuerpo intensamente, pero continué y la pude abrir. La compuerta daba a la sala de máquinas del barco, de donde surgieron intensas lengüetas de fuego, rugiendo y acompañadas por nubes de humo color rojo-amarillo y gris, que nos asfixiaba, además de portar terrible calor.
—Por aquí es la cosa —les dije a Lee y Aragó, y de inmediato cerré la puerta, ya que el calor estaba acabando con nosotros. La puerta comenzaba a doblarse por la temperatura que había en el cuarto de máquinas; la escalera también se había pandeado un poco.
Mandé a Lee que solicitara urgentemente medios suficientes hacia aquel lugar.
Lee subió y bajó a la velocidad de un cohete.
Lee me preguntó:
—Jefe, ¿usted se siente bien?
—Creo que sí —le contesté.
—Tiene la cara roja y con ampollas —me dijo.
Instintivamente miré hacia Aragó; estaba súper rojo y de pronto, se desplomó como un pesado bulto. Se desmayó
¡En qué momento y en qué lugar!
—Corre, Lee, que si no andamos rápido nos haremos chicharrón en poquito tiempo.
---Que refresquen más esta zona, a ver si logramos subirlo.
De pronto sentimos un fuerte estruendo y más calor que antes, pero al final nunca supimos qué fue lo que sucedió.
Amarramos a Aragó por las piernas y con un lazo en la cintura, pasándolo por debajo de las axilas, se comenzó el izaje de aquel gordo, que pesaba enormemente y se encontraba totalmente empapado y desmadejado. Nos enviaron dos bomberos bien fuertes para que nos ayudaran, Lee iba delante guiando la soga y el cuerpo tambaleante para evitar que se golpeara. Yo me coloqué detrás de Aragó empujándolo hacia arriba. Me aparté y di paso a los que llegaron frescos para que lograran elevar el cuerpo de Aragó, ya que me encontraba totalmente agotado; el calor insoportable y el humo habían hecho sus efectos sobre mí y sobre Lee, que además no llevábamos tanques de oxigeno. Los dos comenzamos a toser fuertemente y yo vomité dos veces; realmente, llegué a pensar que no saldríamos vivos de aquella ratonera. Al fin se logró sacar a Aragó de aquel dantesco lugar y todos salimos de allí. Los médicos le pusieron a Aragóoxigeno y lo inyectaron, su cara estaba llena de pequeñas ampollas, despellejada y de color rojo escarlata: se lo llevaron de urgencia para un hospital. A Lee y a mí, los médicos nos esperaban con oxigeno y nos dieron algo (estimulante) para beber y nos pusieron crema en la cara. Además a mi me curaron las quemaduras que tenía en ambas manos.
Chin ya había organizado la extinción por aquel lugar. Yo expliqué en detalle al compañero que iría al frente del pequeño grupo la situación de la escalera, la temperatura del timón y de la compuerta y la dirección principal del fuego.
En la parte delantera del barco, ya se habían controlado las llamas por el hueco abierto y ahora todo se concentraba en el cuarto de máquinas. Al rato comenzó a ceder la temperatura y el humo blanco indicaba que estábamos venciendo aquel poderoso incendio.
— ¡Qué susto pasamos! —dijo Lee en voz alta. Al hacer el recuento, nos encontrábamos los tres con la cara despellejada y ampollada, no teníamos cejas ni pestañas, yo tenía quemaduras en las palmas de las manos y los dedos inflamados y ampollados; Lee, mucha tos, ya que padecía de problemas respiratorios, y los tres habíamos pasado el susto del siglo. Así termina esta historia.