Enfermedades en el Imperio
Romano. La Peste en el Imperio romano Otro acontecimiento histórico de gran importancia fue la
caída del Imperio
romano. Las ruinas de Pompeya y Herculano, destruidas por una erupción del Vesubio en el 79 d.C., revelaron un moderno sistema de retretes con agua corriente. En contraste, Londres tuvo que esperar hasta la Gran Exhibición de 1851 en Hyde Park para inaugurar retretes públicos. Como la higiene depende de un adecuado suministro de agua, ya a principios del año 312 a.C. el primer acueducto romano llevaba agua pura a la ciudad. En 1954, cuatro de esos acueductos fueron renovados y bastaron para satisfacer las necesidades de la Roma moderna. La gran ciudad romana había crecido al azar, con calles angostas y sinuosas y casas miserables. Luego, casi dos tercios fueron destruidos en el incendio provocado por Nerón en el 64 d.C. Más afortunada que Londres, después del incendio de 1666, Roma fue reconstruida siguiendo un plan maestro, con calles rectas y anchas y grandes parques. La limpieza de los caminos públicos estaba supervisada por los ediles, funcionarios que también controlaban la calidad de los suministros de alimentos. En limpieza, sanidad y reserva de agua, Roma era más parecida al Londres o la Nueva York del siglo XX, que a la París medieval o la Viena del siglo XVIII. Los romanos fueron los primeros en vivir en una gran urbe y sabían por propia experiencia que una ciudad con gran número de personas no podía sobrevivir sin disponibilidad de agua, calles limpias y cloacas eficientes. Esta falta de conocimiento esencial hizo que las magníficas medidas de salubridad de la Roma imperial resultaran inútiles en los años de las plagas. Así, las fronteras del Imperio eran guarnecidas por las tropas en los puntos estratégicos. Y es ahí, justamente, donde aparece el germen del desastre: el vasto territorio del interior poseía secretos que los romanos ignoraban, entre ellos, microorganismos de
enfermedades desconocidas, con los cuales las tropas romanas estaban en constante contacto al atacar y ser atacadas. Además, un tráfico fluido por mar y por tierra propiciaba un gran intercambio de gente. Roma era una ciudad densamente poblada y muy civilizada, pero, como ya dijimos, carecía de recursos para combatir las infecciones. Un pueblo nómada, guerrero y agresivo, emergió de Asia Central, cabalgando por las estepas hacia el sudeste europeo. Estos invasores eran los hunos, que presionaron hacia el oeste a las tribus germánicas de los alanos, ostrogodos y visigodos, habitantes del centro euroasiático. Los hunos llevaron con ellos nuevas infecciones, que produjeron una serie de epidemias conocidas por los historiadores como "plagas, y ellos mismos también se encontraron con enfermedades desconocidas. Durante los años 451 y 454, bajo el mando de Atila, penetraron en Galia y el norte de Italia, pero tuvieron que retroceder antes de entrar en Roma, posiblemente debido a una enfermedad epidémica. La plaga de Antonio, conocida también como plaga del médico Galeno, comenzó en el año 164 entre las tropas del segundo emperador, Lucio Aurelio Vero, situadas en el límite este del Imperio. La enfermedad quedó circunscrita a ese lugar, causando estragos en el ejército comandado por Ovidio Claudio, enviado a sofocar una rebelión en Siria. Esta plaga es importante porque produjo la primera grieta en las líneas defensivas de Roma. Finalmente, toda la fuerza del ejército imperial cayó sobre los invasores, obligándolos a retroceder. Cipriano, el obispo cristiano de Cartago, describió los síntomas como diarrea repentina con vómitos, garganta ulcerada, fiebre muy alta y la putrefacción o gangrena de manos y pies. Como en el caso de la plaga ateniense, se considera que ésta también llegó de Etiopía, y desde allí pasó a Egipto y a las colonias romanas en el norte de África, el granero de Roma. La mención de ¡a gangrena en las manos y los pies nos tienta a pensar que se trataba de ergotismo, enfermedad que se contrae alcomer pan de centeno infectado por el hongo Claviceps, pero hay poca evidencia de que por entonces el centeno se consumiera en abundancia, puesto que era una cosecha propia del norte y no del sur. La amplia expansión y la persistencia de la plaga de Cipriano son también argumentos en contra de esa teoría. La fase aguda de la plaga de Cipriano duró dieciséis años, durante los cuales la gente vivió presa del pánico. La situación parecía tan peligrosa que el emperador Aurellano decidió fortificar Roma. Es probable que la enfermedad, después de la fase aguda, persistiera en forma más suave. Luego, la evidencia se volvió más borrosa, degenerando en una historia de guerras, hambruna y enfermedades. Mientras, Roma y su gran Imperio se desintegraban. Los germanos entraron con nutridos contingentes en Italia y Galia, cruzaron los Pirineos hacia España e incluso penetraron en el norte de África. Hay informes no confirmados de una gran mortandad en Roma en el 467 y en Viena en el 455. Especial consideración merece la plaga que atacó a Gran Bretaña en el 444, pues pudo haber afectado la historia de los anglosajones. Esta plaga, aparentemente generalizada, constituyó una pandemia y, según Bede, la mortandad fue tan grande que no quedaban hombres sanos para enterrar a los muertos. Posiblemente, la epidemia debilitó tanto a los británicos que la entrada de los sajones fue inevitable.
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