El precio de la fama El
collar de perlas
naturales y broche de brillantes, comprado por Calvin Klein en 1987, en la subasta
de la colección de la duquesa de Windsor, fue rematado por Sotheby s en cinco millones de dólares . Si se mezcla una historia de amor rodeada de misterio y glamour , un collar de
perlas naturales con pedigrí real y una fabulosa campaña de promoción, y tendrá un suceso anunciado. Por estos días, cerrados aplausos coronaron en las salas neoyorquinas de Sotheby s la venta por cinco millones de dólares de la vuelta de perlas más cara del mundo. Esa joyita pasó de ícono en ícono. Perteneció primero a Queen Mary de Inglaterra, luego a Wallis, duquesa de Windsor, y finalmente a Kelly, la mujer de Calvin Klein, diseñador que cambió la moda norteamericana en las últimas décadas del siglo XX. Ganó celebridad por su estilo minimalista y por el uso del jean fuera del contexto deportivo. El collar millonario cierra un año impar para el arte, con precios récords en todas las áreas: contemporáneos, latinoamericanos, esculturas mesopotámicas, arte ruso, chino, locuras firmadas por el díscolo Damien Hirst, pinturas de Warhol, Bacon, Freud y Egon Schiele. El frenesí alcanzó al circuito local; más del doble del precio estimado por la rematadora no parece demasiado si se mide el valor agregado por la leyenda contenida en el catálogo de 40 páginas que dio la vuelta al mundo y que describe con lujo de detalles el origen de la joya, uno de los tantos regalos exquisitos con que el duque de Windsor celebró el amor de la mujer por la que renunció al trono de Inglaterra. ¿Cuántos ceros a la derecha merece la historia de amor más mediática del siglo XX contenida en ese collar? En 1936, Eduardo VIII de Inglaterra dejó de lado la corona y sus responsabilidades reales para casarse con Wallis Simpson, norteamericana, dos veces divorciada, menuda, no demasiado bonita, pero inteligente y sagaz. Mujer de mundo, delgadísima, fue considerada un símbolo de la elegancia e impuso entre sus contemporáneos los diseños de Schiaparelli, Givenchy, Balenciaga y Chanel, con quien compartía, entre otras cosas, la debilidad por las perlas. Wallis le dio al heredero la seguridad que la corona real no pudo otorgarle. El amor de Eduardo, David en la intimidad, por Wallis puede medirse con la colección de joyas rematada en abril de 1987; muchas de ellas fueron creadas por el propio duque, quien se sentaba en el taller de Van Cleef o de Cartier a dibujar las futuras piezas. Aquella subasta hizo historia. Sotheby s montó una carpa junto al lago, en Ginebra, con capacidad para 1500 personas, cámaras de televisión y satélite con Nueva York. Ubicó en el estrado de martillero a Nicholas Rayner, el más buen mozo de la casa, mientras una armada de expertos respondían a las ofertas telefónicas y una troupe de bellas modelos vestidas por Givenchy desfilaban con las joyas. Tal como dejó indicado la duquesa en su testamento, la venta se realizó en beneficio del Instituto Pasteur para financiar investigaciones de SIDA y de cáncer. El total fue un récord: cincuenta millones trescientos mil dólares. En ese escenario de Las mil y una noches , Calvin Klein, en la cima de su carrera de creador, compró la vuelta de perlas de la duquesa para Kelly, su mujer, con la certeza de que al hacerlo compraba también parte de un mito. La primera dueña de las perlas fue Mary de Teck, reina consorte de Jorge V y emperatriz de la India, conocida como Queen Mary. Cuando Mary se casó, el 6 de julio de 1893, recibió como parte de su ajuar de novia real una colección de joyas, regalo de su suegra y de la realeza, estimada en más de trescientaos mil libras. Ese sería el punto de partida de la Queen Mary Collection. Entre las piezas estaba el collar de veintiocho perlas naturales, diseñado por Cartier, coronado por un broche de brillantes con corte esmeralda. Pero hay todavía más. Especulan los especialistas que en realidad el collar no fue encargado por la reina a Cartier, sino que procedía de la colección de la emperatriz Marie Feodorovna de Rusia, rematado en Londres tras su muerte en el exilio, en beneficio de sus hijas Xenia y Olga, por trescientos cincuenta mil esterlinas. Los biógrafos cuentan que Queen Mary nunca comprendió por qué su hijo había renunciado al trono por el amor de una plebeya divorciada y norteamericana. Sin embargo, a la muerte de su hijo Jorge VI, padre la reina Isabel II, en febrero de 1952, decidió repartir la colección y entregar a Wallis, como una señal de reconciliación, el collar de veintiocho perlas naturales. Donanfer