La Carretera El norteamericano Cormac McCarthy propone, en su última obra, una notable vuelta de tuerca a sus arrasadoras novelas de frontera. En La carretera, un padre y un hijo atraviesan, en busca del mar, un demencial mundo calcinado por una debacle innominada... Flannery O´ Connor señaló a mediados del siglo pasado que, para un lector del norte de los Estados Unidos, toda literatura originada en el sur de ese país, con sus excéntricos fantasmas de nostalgia y derrota, pertenecía al grotesco. Había una única excepción a esa regla: que el autor hubiera buscado el grotesco de manera deliberada. A ese ejercicio de estilo el lector del norte -sugería con sorna la autora de Sangre sabia - lo denominaba realismo. La obra de Cormac McCarthy (que nació en Rhode Island, en 1933, pero se crió en el sureño Tennessee) ha sido pródiga en desvíos bruscos que aspiraban a desactivar la condena de aquella frase. En sus mejores ficciones McCarthy es un realista de la hipérbole, un desaforado Melville de tierra adentro. Sus primeras novelas (entre ellas Child of God y Sutree ) tenían como escenario el Estado en que creció. Eran ficciones macabras, a las que nada les costó ser incluidas en el arcón del gótico sureño, ese vasto repertorio que incluye a la propia O Connor y William Styron, pero, sobre todo, las declinaciones más sórdidas de William Faulkner. Mudó sus ficciones a los paisajes fronterizos de Texas y las saturó con una prosa frondosa. En 2005 publicó No es país para viejos (apenas circuló en la Argentina), novela que una vez más transcurría en la frontera pero que, a diferencia de las precedentes, estaba ambientada en el mundo contemporáneo. Carteles de la droga, una valija repleta de dinero, crímenes, persecuciones, tiros, explosiones, un suspenso mefítico y devastador: apenas se advirtió que esa frenética historia parodia la falsa verosimilitud de las series televisivas. En La carretera (2006), que obtuvo el premio Pulitzer de este año, McCarthy apuesta por un último giro, más inesperado y radical. Desde La nube púrpura , de M. P. Shiel, las novelas posapocalípticas han sido un transitado subgénero de la ciencia ficción. En La carretera , McCarthy lo utiliza como molde, pero evita algunos de sus rasgos tradicionales. No hay rescoldos de un avanzado pasado tecnológico, por ejemplo, ni un estudiado futurismo. Los datos que a cuentagotas segrega la novela indican algo más ominoso: ese futuro brota de la insoportable cercanía del presente. El argumento simula una Odisea ascética: un padre y un hijo menor de edad, de los que se desconocen los nombres, se lanzan al camino desde un territorio mediterráneo (presumiblemente, algún Estado del corazón norteamericano) en busca de la costa. Una década antes un cataclismo había convertido el mundo en una calcinada y aterida superficie. En su lenta y tortuosa travesía, a padre e hijo le sobrevienen las aventuras que le corresponden al héroe tradicional, aunque en harapienta clave de invierno nuclear: empujan un carrito de supermercado, donde llevan sus provisiones; encuentran un búnker, alimentario paraíso perdido; ingresan en ciudades arrasadas a las que solo les faltan las clásicas parvas que ruedan por las calles; se calientan al fuego; acampan donde pueden. Reina el canibalismo, y no es infrecuente dar con cadáveres quemados o desollados. La carretera es, a su modo, la inversión de una de las novelas fundacionales de la narrativa norteamericana, Las aventuras de Huckleberry Finn . A diferencia de Huck, que remonta el Mississippi en busca de su progenitor, aquí es el padre enfermo quien se otorga la desesperada, casi mesiánica misión, de salvar al hijo. Como piadosa mentira, en medio de ese mundo irrespirable, le cuenta una historia prometeica (que ellos son los que portan el fuego) y una división maniquea entre "buenos" y "malos" que pretende conjurar el tamaño de tanta negrura. El terror del futuro no omite las fulguraciones del pasado: el recuerdo de la mujer (y madre), que, ante la situación, optó por dejarlos para suicidarse con un cuchillo de obsidiana, o la efímera epifanía del protagonista adulto al ingresar en la propiedad en que pasó su infancia. El ancla definitiva de la novela está, no tanto en el errático zigzag de padre e hijo, sino en las descripciones, en las monótonas enumeraciones que recuperan, a través de los sentidos, el valor de cada elemento, de cada objeto, ya sea la lluvia que repiquetea sobre un techo o un cimbronazo subterráneo, la aspereza de una manta o lo que promete una simple lata de conservas. Los diálogos concisos, que carecen de guiones -característicos en McCarthy-, permiten que la anónima voz narrativa se contamine con la de los personajes. En una reseña publicada en The New York Review of Books , el novelista Michael Chabon la consideró una narración de aventuras, en la línea de Jack London. La lóbrega épica de la novela habilita también que se la vincule con los westerns crepusculares, aquellos films que constataban la demorada extinción del vaquero. La extensa tierra baldía, hidróptica y fríamente secular. El silencio".
Donanfer