Sinopsis
Apología de Sócrates
Platón Obra de Platón ateniense 424/347 a de C.
En el año 406 a de C Sócrates pasó a formar parte del Consejo ateniense de los Quinientos, por
virtud del democrático sistema del sorteo. Era miembro de la Comisión Pritana cuando, pese
al criterio de ésta, la asamblea popular exigía la
condena a
muerte de los generales que habían combatido en la batalla naval de Arginusas; él fue el primero que se negó a apoyar aquella voluntad descabellada. Años más tarde desobedeció, con peligro de su vida, a los oligarcas (Treinta Tiranos) cuando le ordenaron prender a León de Salamina para conducirlo a la muerte. Esto demuestra su independencia de espíritu frente a los dos partidos rivales, circunstancia que con el tiempo no podía dejar de serle fatal. Sócrates fue el maestro del: conócete a ti mismo y a sí mismo sólo respondió y a su
conciencia sin importarle nada más. En esta obra Platón finge reproducir el discurso de defensa pronunciado por Sócrates, ante el tribunal, en respuesta a la acusación presentada por Mileto y sostenida por Anito y Licón. Los jurados a los que se dirige Sócrates son los que forman el Tribunal de los heliastas. Podían ser jueces de este tribunal todos los ciudadanos mayores de treinta años que estuvieran en uso de la plenitud de derechos de ciudadanía e inscritos como aspirantes a este cargo. Cada año los arcontes sorteaban entre los solicitantes 5.000 plazas, más otras mil a efectos de suplencia. Al dirigirse a tan heterogéneo tribunal, emplea a través de toda su defensa la palabra ateniense y nunca el de jueces. Únicamente llama jueces, al final de esta obra, a los jurados que han votado a favor suyo. Le han acusado de no creer en los dioses patrios y de corromper a la juventud; pero sabe que odian sobre todo su seguridad, que no se doblega ni ante el enojo de los poderosos. No enseña por dinero, pero sabe demostrar lo vana que es la sabiduría que los hombres creen poseer; él no sabe nada y lo admite así, y en esto consiste su virtud; pero a los hombres no les place oírse llamar presumidos cuando creen ser sabios y por eso son enemigos suyos y se vengan dirigiéndole las acusaciones más extrañas. En cuanto a corromper a los jóvenes, era cierto que los corrompía a la vista de Mileto, pues les enseñaba a ser críticos, a no dejarse llevar, a buscar la verdad por la verdad misma y ser fiel a esa verdad a la que el alma y el entendimiento de cada uno respondía sin importar las consecuencias, lo mismo que a respetar las leyes aunque éstas fueran injustas. En cuanto a no creer en los dioses, los acusadores admiten, sin embargo que cree en los demonios (dioses secundarios y familiares) y por lo tanto se contradicen a sí mismos. Por lo demás ¿creen los atenienses que la muerte es un gran mal? Al contrario, es el sumo bien, cuando uno sabe que ha cumplido bien su cometido; y él sabe que un dios le ha enviado a Atenas para despertar al pueblo de su sopor hostigándolo e incitándolo al bien. ¿Y cómo podía dejar de obedecer a la voz imperiosa de la conciencia? Si no se dio a la política fue porque un hombre honrado se pierde en ella. Pero tampoco tenía ahora la intención de implorar por su vida: el mal peor lo sufrirá quien lo condene siendo él inocente. Se defendió de los cargos que le hacían con suma entereza, sin recurrir a ninguna humillación, sin tratar de despertar compasión. Hizo ver que estaba dispuesto en el caso de quedar absuelto, a vivir del mismo modo que hasta entonces, y se mostró indiferente ante el fallo del tribunal: 281 votos se inclinaron por su culpabilidad; 220 por su absolución. Votada por los jueces la culpabilidad de Sócrates, ironiza todavía con serena calma, ¿qué pena pedirán para él?; antes por el contrario, según lo que es justo, ¡debería reclamar un premio! Condenado definitivamente a muerte, pronuncia severamente las últimas palabras. La injusta condena recaerá sobre los mismos atenienses, cubriéndolos de infamia, él, no por falta de dialéctica ha tenido que sucumbir a los jueces, sino por no haber querido humillarse. Repite una vez más que la muerte no es un mal, ya sea un sueño sin ensueños, ya la emigración a una morada más feliz. Lo importante es tener el alma pura: porque nada ha de temer un justo de un malvado. Y así, sereno, se encamina a la muerte. Este sobrio discurso ilumina toda su figura moral , revelando los motivos de su doctrina, los cuales hallarán más amplio y particular desenvolvimiento en los posteriores diálogos de Platón; el ideal de la justicia por el cual el mal sobre el culpable; el desprendimiento de la vida por el cual al
sabio no le importan los supuestos bienes humanos, pues se absorbe en la visión del bien supremo; la humildad del verdadero sabio, que reconoce su propia ignorancia, y desenmascara la soberbia humana; el principio de la interioridad, el refugiarse en sí mismo, afirmando la propia libertad de emanciparse de las leyes comunes para escuchar sólo la voz del dios interno. Todo ello reunido en esta Apología
Con la superior ironía que revela la serenidad del ánimo que no duda de la verdad de su fe.
Publicado el: noviembre 15, 2007
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