EL “MOISÉS” DE MIGUEL ANGEL
SIGMUND FREUD
Publicado en 1914
La estatua marmórea
de Moisés, erigida por Miguel Angel en la iglesia de San Pietro in Vincoli, de Roma, destinada originariamente por el
artista al gigantesco monumento funerario que había de guardar los restos del soberano pontífice Julio II, cuando recibe toda clase de juicio laudatorio, me causa íntima satisfacción, pues niguna otra escultura, magna y enigmática obra de arte, me ha producido jamás un efecto tan poderoso.
¿Quiso Miguel Angel crear en este Moisés una obra de carácter y expresión ajena al tiempo, o ha representado al héroe bíblico en un momento determinado y muy importante de su vida. La mayoría de los críticos se decide por esto último e indica también la escena de la vida de Moisés que el artista ha plasmado.
Tal escena sería aquella en que a su descenso del Sinaí, donde ha recibido de manos de Dios las tablas de la Ley, advierte Moisés que los judíos han construido entretanto un becerro de oro, en derredor del cual danzan jubilosos. Este cuadro es el que sus ojos contemplan y el que suscita en él los sentimientos que sus rasgos expresan y que habrán de impulsarle en el acto a obrar con máxima energía. Miguel Angel ha elegido el instante de la última vacilación, de la calma precursora de la tempestad. En el instante inmediato, Moisés se erguirá violento –el pie izquierdo ya se alza sobre el suelo-, arrojará de sus manos, quebrándolas, las tablas de la Ley y descargará su ira sobre los apóstatas.
Pero, otro analista de la obra, Thode, consideramos que está en lo cierto cuando expresa que para él las tablas de la Ley no están en trance de resbalar, sino perfectamente quietas, y hace notar ”la posición resueltamente inmóvil de la mano derecha sobre las tablas, puestas de canto”. Hagamos nuestras estas observaciones. A mi juicio podemos darles aún más fuerza: el Moisés debía adornar con otras cinco estatuas, el basamento del sepulcro. Tal pertenencia de la figura de Moisés a un conjunto hace imposibre la hipótesis de que la figura hubiera de despertar en el espectador la idea de que iba a levantarse en el acto para entregarse a una acción violenta. Así, pues,este Moisés no debe querer levantarse. Pero, entonces el Moisés que contemplamos no puede ser la representación del
hombre poseído de cólera, que, al descender del Sinaí, ve a su pueblo entregado a la apostasía y arroja contra el suelo, quebrándolas las tablas de la Ley.
Pese a que la disposición que Miguel Angel le ha dado a la escultura, la cabeza dirigida hacia la izquierda, la mirada dura, la mano derecha crispada sobre la barba, el pie derecho adelantado sobre el suelo y el izquierdo sobre la punta de los dedos, en realidad Moisés no se alzará airado ni arrojará lejos de sí las Tablas. Lo que vemos en él no es la introducción a una acción violenta, sino el residuo de un movimiento ya ejecutado. Poseído de cólera quiso alzarse y tomar venganza, pero ha dominado la tentación y permanece sentado, domada su furia y traspasado de dolor, al que se mezcla el deprecio.
Se nos opondrá en este punto una objeción. No es este el Moisés de la Biblia, el cual se encolerizó verdaderamente y arrojó las tablas contra el suelo, quebrándolas. Sería otro Moisés completamente distinto, creado por el artista, el cual se ha permitido enmendar los textos sagrados y falsear el carácter del hombre sublime. ¿Podemos, acaso, suponer a Miguel Angel capaz de semejantes libertades, rayanas en el sacrilegio? No sería pues de extrañar que el artista, cuyo propósito era representar la reacción del héroe ante la dolorosa sorpresa, hubiera prescindido del texto bíblico por motivos internos.
Más importante que la infidelidad para con el texto sagrado es quizá la transformación introducida por Miguel Angel, según nuestra interpretación, en el carácter de Moisés, quien según el testimonio de la tradición era un hombre iracundo y sujeto a bruscas explosiones de cólera.
Así, Miguel Angel ha puesto en el sepulcro de Julio II otro Moisés, superior al histórico y tradicional. Ha elaborado el tema de las tablas quebradas y no hace que las quiebre la cólera de Moisés, sino, por el contrario, que el temor de que las tablas se quiebren apacigüe tal cólera o, cuando menos la inhiba en el camino hacia la acción. Con ello ha integrado algo nuevo y sobrehumano en la figura de Moisés, y, la enorme masa corporal y la prodigiosa musculatura de la estatua son tan sólo un medio somático de expresión del más alto rendimiento psíquico posible a un hombre: el del vencimiento de las propias pasiones en beneficio de una misión a la que se ha consagrado.