Muchos, a sabiendas de dónde
soy, preguntan que dónde nací. Nací y viví en la calle O’Donell, en el número nueve. Detrás se encuentra el famoso Parque
Hernández y es considerado como el sector más céntrico de la ciudad, pues se
halla a dos cuadras de La Avenida Principal.
Es tanto el afecto que esta casa nos hizo sentir que,
con los años,
junto con mi hermano Enrique, compramos ese edificio para mis padres. Así
quisimos otorgarles seguridad y tranquilidad.
Llegado
a los siete
años de edad, lo primero que hizo mi papá fue matricularme en un
colegio judío.
al cumplir los doce años
fui al Talmud Toráh; éste funcionaba en un edificio muy grande que
permitía albergar a todos los niños de origen hebreo. Luego, mis padres,
no satisfechos con eso, tratando de completar mis estudios y en busca de una
fuente educativa con mayor capacidad, consideraron que lo mejor era inscribirme
en un colegio de curas, en la escuela de los Hermanos de La Salle, para ese entonces la mejor de
Melilla.
Esa
experiencia fue un poco difícil, pues era una lucha cotidiana, ya que los curas
que practicaban la docencia eran antisemitas. Un día uno de ellos, en plena
clase, nos hizo ver que había una publicación de una revista denominada «La
Luz» y que la misma se podía obtener por suscripción. Ante lo que veía venir,
me adelanté y le dije que deseaba anotarme. Sin esconder el odio, el cura,
lleno de una cólera bien establecida entre los antijudíos, me gritó: «Tú eres
judío, no puedes suscribirte a una revista católica» y a la par me rompió una
regla en la cabeza. Al llegar a mi casa se lo conté a mi padre y, en medio de
mi llanto, salió directamente para el colegio, pidió audiencia con el director
del plantel, le expuso lo que había acontecido y amenazó con retirarme del
colegio y hacer pública la situación.
La
comunidad judía residenciada en Melilla tenía mucho peso y, temiendo hacer un
escándalo público y tener que enfrentarse de lleno a la demostrada posición
antijudía, el director prometió retirar al cura, cosa que se realizó y dejó ver
que en su colegio no había ningún tipo de discriminación. Pasado este momento
tan oscuro y triste de mi vida de estudiante, puestos los puntos sobre las íes,
tanto el profesorado como los alumnos se
abstuvieron de repetir ese tipo de situaciones.
Me esmeré en los estudios y pude llegar al bachillerato.
En
ese entonces me atraía la historia, me permitía volar, vivir en el pasado,
sentir la fuerza de los grandes personajes, entender algunas cosas yéndome un
poco más allá de lo que los textos mostraban y aprendí a apreciar las
biografías de los grandes hombres. Ese
fue siempre mi norte, ser alguien especial, porque me deleitaba viéndome reflejado en el espejo de esos hombres. Entre
los personajes que acompañaron mis sueños se encontraba Abraham Lincoln; me
fascinaba su sapiencia y considero que él fue, de algún modo, al igual que mi
padre y mi abuelo, uno de las guías en lo referente a mi conducta y proceder.
De
esas biografías asimilaba y deseaba no sólo lo referente a logros personales,
sino mas bien, el poder haber hecho algo
por los demás. Pero tristemente vino la guerra y me tocó abandonar mis sueños.
Cuánto
me duele hoy haber perdido aquella hermosa niñez, en la que podía ser padre,
hermano y amigo de mis hermanos, aquella casa siempre llena de chiquillos, ese
hogar donde sólo se respiraba amor. Que
lástima que las cosas más bellas y hermosas se pierdan. Cuánto no daría por
volver a estar con ellos un rato más, abrazar a mis padres, besar a mi madre y
escucharla cuando me llamaba. Ella no me llamaba por mi nombre, Abraham;
siempre lo solía hacer por Alberto, nombre que en muchas partes del mundo acostumbran,
dar, a los Abraham.
Pasear
en ese pasado que nunca se olvida, dentro de una ciudad pequeña en la que la
gente se acomoda, se adapta y es feliz; en una ciudad, llena de lugares
múltiples con varios cines, con películas de vaqueros, en donde uno no sabía de
quien reír, pues al estar el cine lleno de moros, sus comentarios nos hacían
estallar en risas. Más que nada cuando al protagonista lo estaban esperando
para matarlo, entonces se escuchaban gritos, tratando de avisarle, para que no
lo capturaran. Era el comienzo del cine y a veces uno de los protagonistas
disparaba infinidad de balas, parecía que nunca se le acababan; veíamos morir a
miles de indios y siempre ganaban los blancos. Salíamos del cine y ése era el
tema de discusión, luego a los bares a tomar un jerez, a charlar. Los más jóvenes se iban a los parques o a
pasear por la avenida.
Llegado
a mis diez años, me inscribí en los Exploradores, que así llamaban en
España a los Boy Scouts.
Para
mí fue algo maravilloso, una experiencia que me trae hermosos recuerdos. Aunque
no era un régimen militar el que teníamos, había orden y obediencia. Aprendimos a comportarnos en equipo, los
juegos eran en grupos y de alguna manera esto nos ayudó a interrelacionarnos
con otros jóvenes a quienes no conocíamos.
Era una fuente de información que no encontrábamos en el hogar, ni en la
casa.
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