Contó una vez, lo hacía para que no lo olvidaran, porque ésa era una
característica particular de él. El tiempo rendía de una manera que ahora al
escribir me doy cuenta de que en ciudades modernas no se puede emular y es que
él todo esto lo hacía a tempranas horas
de la mañana y a las ocho en punto abría su tienda. Mi papá trabajaba todo el
día, no salía ni para almorzar, era un hombre muy responsable, y nosotros sus
hijos nos turnábamos al mediodía para llevarle la comida. Como la gran mayoría
de sus amigos, en verano solía tomarse unas cervecitas y alternaba con ellos.
Mi padre fue un hombre casero; siempre estaba con su familia y de haber algún
acto o fiesta, iba acompañado de su esposa, con la que vivió un romance eterno.
Mi padre era dadivoso y uno de sus grandes gustos era hacerle regalos a mi
madre, se excedía en ellos; está claro que, al no haber detallado a mi madre,
algunos no podrán entender el por qué.
Mi
madre era una mujer hermosa, tenía atributos que toda mujer ansía, y la
fuerza del amor que los unió se denota hasta en la cantidad de hijos que tuvo.
Fuimos nueve hermanos, tres hembras y seis varones; desgraciadamente uno de
ellos murió en la niñez, por disentería. Esa era una época de gran atraso en lo
referente a medicina. Mi madre parió todos sus hijos en la casa con la ayuda de
una comadrona y la orden, que siempre se respetaba, era que debía permanecer
cuarenta días en cama luego del parto, era una cuarentena que hoy no se puede
entender.
Como
ya dije, éramos nueve hermanos: la mayor, mi hermana Alegría, fallecida en
agosto de 2006 a
la edad de 92 años, seguí yo; Raquel fue
la tercera, mi compañera más asidua, mi
amiga de siempre y con la que me comunico muy a menudo. Luego vino Enrique, a
quien llamaban Semaya, como el abuelo. El también falleció. Más tarde vino
Pepe, mi muy querido Pepe, tampoco ya con nosotros. Luego Nissim, quien está
casado y tiene hijos y nietos. Sigue mi queridísima Mercedes,
que es viuda y trabaja por su
cuenta en una de mis tiendas, tiene 5 hijos. Por último está mi hermano Isaac quien recibió el mismo nombre de mi
otro hermano fallecido.
Mis
padres, con gran visión y con un sentir
familiar, jamás regatearon
en la educación de sus hijos;
por el contrario, siempre nos dieron los
mejores colegios, los mejores vestidos, la mejor presencia y sobre todo un buen
nombre, que nos abría todas las puertas. En mi caso particular, mi cabello me
delataba de inmediato; en el de mis hermanas, ellas contaban con un privilegio
muy especial pues mi madre era una gran costurera y se esmeraba para que mi
padre, mis hermanos y mis hermanas y yo siempre fuésemos muy bien vestidos.
Hablo
de mis padres y me viene a la memoria mi abuela materna, mi
querida abuela o como solíamos
llamarla Mamá Simi. Ella me contó alguna vez que cuando tenía catorce años y
estaba jugando con sus amigas a las muñecas, su madre la llamó y le dijo:
«Báñate y vístete que te vas a casar».
Así sucedió y a su boda ella se llevó su
muñeca, era todavía una niña. Mi abuelo materno era un hombre acaudalado, era
banquero, lo que permitió que la familia de mamá siempre viviese bien y fuese
reconocida como una de las pocas que no tenían escasez en ninguno de los malos
tiempos que se pasaron entonces.
Mis
padres hablaban un fluido español, pero cuando no querían que alguno de los que
estábamos supiese lo que hablaban, entonces se comunicaban en «Shelja», una
mezcla de dialecto local y de árabe. Fue cómico, pues con el tiempo aprendimos
la jerga y todos sabíamos sus secretos; ellos sólo tenían palabras dulces, sólo
sabían expresarse bien de la gente, era poco o casi nada lo que los molestaba y
no vivían del cuento ni del chisme, estaban muy claros en sus ideas y conocían sus prioridades, que sus hijos
estuviesen educados con lo mejor.
Hablé
de mi Melilla la vieja. Ahora quiero tratar de plasmar mis recuerdos de la
Melilla que me tocó vivir, de esa ciudad construida con un sentido de
modernidad, de ambientes amplios, de jardines, de parques, iglesias, sinagogas,
mezquitas, monumentos, avenidas, puerto, playas, mercado, en fin, una ciudad de
avanzada realizada en una competencia de magnificencia entre los seis o siete
grandes arquitectos que la diseñaron. Podría decir que es una gran ciudad por
todo lo que posee, pero sé que me quedaría corto, ya que mi Melilla ha sido
declarada como Ciudad Patrimonio Universal de la UNESCO.
Cuando
miramos en retrospectiva, ventaja que nos dan los años, podemos denotar cosas que en su momento no tenían
importancia, pero que surgen de esa neblina que perdura en el tiempo y brilla
con luz propia. Me refiero a Melilla, tomando en cuenta la cantidad de gente
que ha nacido allí, la importancia universal que posee, los hechos patrióticos
que sucedieron en sus suelos.
Por
ejemplo, en 1772, uno de los hombres más importantes durante la época de
independencia de Venezuela, el General Francisco de Miranda, estuvo un tiempo
en los cuarteles de Melilla; él, como General del Ejército de los Zares de
Rusia y como Embajador del Gobierno Francés