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Abraham Sultán S. Melilla

Autor : Samuel Akinin
Review by : samuelakinin
Visitas : 93  palabras: 900   Publicado el: noviembre 09, 2007
Melilla

 

            Entrado
en los noventa años de edad, comienzo a darme cuenta de la  importancia de legar vivencias a nuestros hijos
y descendientes. Hasta el día de hoy he sido un narrador oral de lo existido;
cuando tengo un interlocutor me explayo y revivo con lujo de detalles los días
y los años y veo que me ha tocado vivir y formar parte de la historia
universal. Nací en Melilla, una provincia de España enclavada en el norte de
África, que por obra y gracia de un buen alcalde con una visión de futuro,
logró, hace más de doscientos años que la misma se construyera con sentido
lógico, con un colorido muy especial y con unas edificaciones hechas por las
manos de los arquitectos más avanzados de la época, entre los cuales se
hallaban los alumnos más destacados del gran Gaudí.

            Hablar
de Melilla es permitirle  a mis sentidos
el goce que nos brinda el buen recuerdo. Melilla,  cuya población llegó a contar con casi cien
mil habitantes, estaba a buen decir muy equilibrada, pues un tercio de la
población era cristiana, el otro moro y nosotros, los judíos.

            Para
entrar en materia,  debo primero decirles
que me llamo Abraham

Sultán Sultán , nací un 31 de
octubre de 1917 como ya les dije, en Melilla,

una ciudad con historia propia,
que fue ocupada por los españoles durante el año 1497 bajo el mando del capitán
Estopiñán, quien pertenecía a las tropas del Duque de Medinacelli. Esto sucedió
apenas unos años después del decreto que generó la más triste de las etapas en
la historia del pueblo español, me refiero a la Inquisición Española. Este
evento fue el que motivó a que una gran masa de judíos sefarditas emigrara al
norte de África y allí haya permanecido desde ese entonces.

           

           

            La
ciudad en sus inicios fue construida como un gran castillo y mantiene aún hoy
ese puente levadizo que en la época otorgaba cierta seguridad a sus habitantes.
Se dice que fue durante el mandato del Duque de Medinacelli, cuando éste le
cedió la soberanía de Melilla a España, cuando los españoles construyeron esa
fortaleza donde residían los soldados españoles.  De esta manera, evitaban la invasión de los
moros, esos  mismos moros que durante más
de ochocientos años la habían gobernado, tal y como a una gran parte del sur de
España.

            Melilla,
en la antigüedad, fue una colonia comercial fenicia conocida como «Rusadir» y
el puerto era estratégico en las guerras entre cartagineses y romanos. Los
romanos le concedieron el estatuto de Colonia y la anexaron a los dominios
ibéricos. Ubicada en la parte oriental de la península de Tres Forcas,  su parte más antigua se halla sobre una gran
roca calcárea, de unos 30
metros de altura, que a manera de pequeña península se
interna sobre el mar Mediterráneo.

 

            Hablo
de mi ciudad natal y al hacerlo debo dar comienzo con mis padres, a quienes no
sólo les debo la vida, sino todo lo que soy. Mi padre nació en una aldea de
Marruecos llamada Midar, pero al alcanzar su edad de adulto (los trece años
según el rito judaico), sus padres decidieron mudarse a Melilla, pues la
población judía era más significativa y las costumbres se ejercían con mayor
libertad. Miro con pasión el pasado y logro ver a mi padre en su edad juvenil;
él era un hombre alto, rubio, de finos modales, delgado y de unos ojos azules
que emulaban a los mares que bordean nuestras costas.

            Mi
papá no entró a España con buena suerte ya que 
luego de reconocer el negocio que debía hacer, invirtió su dinero en un
negocio de alimentos, con la muy mala suerte de que al poco tiempo, el mismo se
quemó. Era una época en que no se utilizaban, pues ni siquiera se conocían, los
seguros contra incendios.

            Volviendo
a la descripción de  mi padre, debo
admitir que tanto el color de su cabello como el azul de sus ojos y su mismo
porte, eran atributos suficientes como para adueñarse de los sueños de muchas
de las muchachas jóvenes que, solteras, descansaban sus ilusiones pegadas a la
ventana, a la espera de que pasara su príncipe azul. Y en su caso, así fue como
sucedió entre mi padre y mi madre; mi padre se contentaba con

pasear por la acera de enfrente
de la casa y entre ellos se regalaban unas pícaras miradas que envolvían lo que
para el entonces permitía desarrollar el amor, tomando en cuenta que se vivía
durante los días de La Primera Guerra Mundial.

            No
puedo dejar de lado la belleza de mi madre. 
Ella era la más hermosa mujer en toda la cuadra y todos los días contaba
con unos minutos para observar a mi padre. 
Los hacía por medio de un pistillo en la ventana y con la anuencia de
sus hermanas y la consabida complicidad de los suyos.  Así comenzó su relación con mi padre.

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