.El último día de Hitler Se despidió de todo el personal del búnker y afirmó: «Hay que aceptar el destino como un hombre&
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Pidió a su cocinera, Manzialy, que le preparara espaguetis con salsa... El periodista y escritor David Solar reconstruye en su último libro las horas finales de Hitler aquel 20 de abril de 1945 La última vez que vio la luz del día fue el 20 de abril. Con ocasión de su 56 cumpleaños, se dispuso una ceremonia de condecoraciones en el jardín de la Cancillería. Estaba enfermo y envejecido, aparentaba 20 años más. «Encorvado, con la cara abotargada y de un enfermizo
color rosáceo... Arrastraba los pies y jadeaba en cuanto recorría unos metros. Una enfermera soltó un histérico discurso, pronosticándole la victoria. Hitler la interrumpió con voz ronca: «Hay que aceptar el destino como un hombre», y siguió estrechando manos. A mediodía acudió a la conferencia militar. La artillería soviética se había concedido algún respiro por falta de blancos. Luego llamó al coronel Günsche. Hitler le explicó que si él no desaparecía, Doenitz no podría negociar el armisticio que salvara su obra y Alemania. Hacia las 14.30, Hitler decidió comer. Eva, pálida y elegante, con su vestido azul de lunares blancos, medias de color humo, zapatos italianos marrones, un reloj de platino con brillantes y una pulsera de oro con una piedra verde, le acompañó hasta el comedor; él vestía un traje negro, con calcetines y zapatos a juego; la nota de color la ponía su camisa verde claro. Eva le dejó ante la puerta del comedor y prefirió volver a sus habitaciones, pues no tenía apetito. En aquel
almuerzo postrero acompañaron al Führer las dos secretarias que habían permanecido en el búnker, Frau Traudl Junge y Frau Gerda Christian y su cocinera vegetariana, Fräulein Manzialy.Fue un almuerzo muy frugal, muy rápido y silencioso. Luego se retiró a sus habitaciones con Eva. Magda Goebbels realizaba el último intento desesperado de salvar su mundo, de salvar sobre todo, a sus hijos y forcejeaba con el gigantesco Günsche, que medía casi dos metros, para entrar en el despacho de Hitler. Günsche penetró en la habitación. Hitler respondió fríamente: «No quiero recibirla». Esas fueron las últimas palabras que se conservan de Hitler. Eva Braun murió a su lado tras masticar una ampolla de veneno. A comienzos de enero de 1945, la derrota alemana en la Segunda Guerra Mundial era cuestión de semanas. Hitler, sin embargo, se resistía a aceptarlo. Regresó a Berlín desde el Nido del Águila, uno de sus múltiples cuarteles generales, enclavado en los Alpes bávaros. El 16 de enero, su tren cruzó decenas de estaciones en ruinas y sufrió demoras que le parecieron intolerables, debidas a la destrucción sembrada por los aliados. La Cancillería, muy dañada, disponía de un refugio contra ataques aéreos, que mostró su utilidad cuando los ingleses comenzaron a bombardear Berlín, pero en 1944 se había quedado pequeño y débil ante la frecuencia y la violencia de los bombardeos anglo-americanos. Por eso, en el verano de 1944, tras el desembarco de Normandía, Albert Speer recibió la orden de construir otro bajo el jardín del edificio desde el que el Führer pudiera dirigir la guerra, aun en medio de los ataques aéreos más devastadores. En la inferior se hallaba el piso de Hitler. También la central telefónica. Ésta era la mejor de Berlín y Hitler pudo comunicarse en cuestión de minutos con todos los frentes. Disponía, mediante antenas acopladas a un globo cautivo, de una instalación de radioteléfono de VHF. Los cuartos de baño, la ventilación y la calefacción funcionaban bien, aunque la atmósfera siempre estaba demasiado cargada, la humedad era muy alta y el olor resultaba desagradable. Pese a estas medidas de seguridad, Hitler tuvo inicialmente un terror cerval a quedar enterrado en aquel subterráneo. Hasta el 20 de abril, fecha de su último cumpleaños y del completo cerco de Berlín por los rusos, el búnker era un lugar muy frecuentado y resultaba normal hallar en su gran pasillo a numerosos militares y políticos aguardando ser recibidos por el Führer. En aquella atmósfera enrarecida, en permanente compañía de sus más fieles colaboradores de última hora, Bormann y Goebbels, Hitler vivió sus dos últimos meses en un clima irreal, esperando victorias imposibles y emitiendo órdenes absurdas pero que, eso sí, costaron millares de vidas. Donanfer