Exploradores del
abismo No quiero indagar más en el abismo, es decir, en el más allá de la
literatura. No hay vida ahí, sino
un riesgo de muerte", escribió Vila-Matas. Como Scheherezade, Vila-Matas comprendió oscuramente en Exploradores del
abismo que se narra para no morir. Vila-Matas vuelve a mutar en
literatura un episodio autobiográfico: una repentina afección renal lo llevó a ser operado de urgencia y lo transformó en un convaleciente menos temeroso que reflexivo. El narrador supo para siempre que su irónica representación literaria de la nada es un teatro imaginario encubridor del vacío verdadero. De ese modo Vila-Matas modifica el dilema de Hamlet: "la cuestión profunda estaría en la simultaneidad, no la alternativa: ser y no ser al mismo tiempo". En libros anteriores el autor ensayaba motivos donde lo ausente, la inacción, la desaparición o lo vacante agotaban la forma literaria: el libro que busca aniquilar a sus lectores ( La asesina ilustrada ), el ladrón de tumbas que se hace pasar por un escritor desaparecido (I mpostura ), los que desertan de una actividad, los escritores del No y de la renuncia ( Bartleby y compañía ); el hombre sin atributos que comienza a diluirse como persona y se enferma de literatura ( El mal de Montano ). En variaciones sin número, Vila-Matas afirmaba la ficción como la fabulosa arquitectura de una irrealidad creadora, en la cual todo escritor hallaba su máscara y una vida vicaria. Los cuentos no se precipitan a un final taxativo y sorprendente, sino que "le dan contenido espiritual al vacío", con una causalidad onírica, antojadiza, que no se resuelve ni sacia las expectativas de la trama. Las metáforas abismales; las reiteraciones y el azar aparente; las imágenes de la monotonía en la lluvia, el espacio exterior o la nieve; los ritmos de lo idéntico en lo inhabitual organizan hechos que se jactan de su gratuidad y artificio. Se acumulan detalles, desvíos, anécdotas, iluminaciones, citas, atribuciones falsas, apócrifas biografías, como si el motor del relato fuera la capacidad incesante de repetir una y otra vez el acto mismo de narrar, de hacer literatura, para detenerse al borde mismo de la caída. Los personajes son seres solitarios y erráticos que afirman de un modo u otro su relación con el vacío, emparentados menos con la tradición de la literatura española (salvo con Cervantes y el Quijote) que con los lejanos parientes de ultramar de Vila-Matas: el omnipresente Borges y Felisberto Hernández, Juan José Arreola, Augusto Monterroso, Sergio Pitol, César Aira. Allí están el cazador de frases al azar que busca a una mujer cuya imagen es idéntica a la de un grabado que desconocía; el Niño de sesenta años que escaló un volcán para buscar en el lago que está en la cima las almas de los muertos; el autista enamorado de las plateas vacías; los que intuyen que una materia oscura e invisible penetra el universo entero; el ruso melancólico que, harto de su vida familiar, descubre con alivio que prefiere ser un personaje de cuento; la mujer que conoce la profecía de su propia muerte y protagoniza, ritualmente, todas las escenas prefiguradas; el que navega sin rumbo en el espacio junto a su amada muerta y llega a una civilización nueva mientras su viejo mundo se derrumba; el que vive la misma vida de su compañero pero ligeramente diferida; la artista Sophie Calle, que busca al narrador para que escriba una historia que ella pueda vivir luego como si fuera propia. Y también ese personaje subrepticio que aparece a lo largo de todo el libro: Maurice Forest-Meyer, un equilibrista, que es también un ideal del escritor funámbulo: alguien que elegante, concentradamente, se halla en la línea mortal de equilibrio, solitario y glorioso y olvidado de los otros, cruzando el vacío sobre una cuerda tendida, sin red, con una "risa excepcional, diáfana, allá en lo alto, en claro contraste con el coche fúnebre que había quedado aparcado allí abajo". El efecto perdurable, exacto e inquietante que produce la lecturacompleta de este libro en el recuerdo puede ser superior a la experiencia parcial de leerlo. La saturación de ciertos recursos y el cálculo algo tedioso de lo excéntrico a veces vuelven previsible el resultado. No obstante, la repetición y la intertextualidad, la imitación y el juego de los sosías tuvo siempre en Vila-Matas un valor estético. Cuando se imita a sí mismo, el fin suele ser apreciable y, cuando copia a otros sin más, el resultado puede ser mejor. Así, la deliciosa historia de fantasmas con la cual finaliza el relato "El viaje de Rita Malú" (primera parte del mejor cuento del libro: "Porque ella no lo pidió") está copiada del texto anónimo "La casa encantada" que Rodolfo Walsh tradujo del inglés para su Antología del cuento extraño (1956) y que reproducen otras compilaciones. Acaso es el recurso perezoso de un gran lector, cuando la ansiosa invención no llega a tiempo a su cita con la gloria literaria, antagonista de la muerte. Donanfer