REGALO DE NAVIDAD La mañana estaba fría, a pesar de que era un día de Verano. Juanito, estaba alegre, pues su papá había salido muy temprano, como todos los días en busca de trabajo, y lo más importante para él, que le había dicho que de todas maneras le traería la
camiseta que le había prometido. Era casi imposible que el señor Urrutia no le diera el cachuelo que le había prometido el día anterior. Eran las ocho de la mañana, su corazón le saltaba de alegría en su pequeño pecho, un pecho de
niño acostumbrado a ponerse ropa usada, y casi siempre en mal estado. Salió de casa en dirección del centro de la ciudad de Lima. A veces subía a los microbuses, y se bajaba sin pagar, si antes no lo bajaban. Casi cerca de Acho lo bajaron del microbus, pero ya casi había llegado. El resto del camino, casi quince cuadras, lo hizo a pie.
Le gustaba mucho mirar las vidrieras, tan llenas de todas las cosas que él bien sabía no las podía tener, pero ese día 24 de Diciembre era un día especial, y por la noche les podía presumir a sus amigos, su camiseta nueva que le compraría su papá. Es que no se acordaba cuándo se había puesto algo nuevo, o de repente nunca lo había hecho.
El frío seguía golpeando su carita pequeña. Y el sol que no salía. LLegó
AL centro de la ciudad, eran casi las diez de la ma´ñana, las tiendas estaban a punto de abrir, cuál camiseta le compraría su papá. Ojalá fuera una como la que estaba en aquél aparador elegante, no creía, pues era muy caro, marcaba, 35 soles, o aquél de treinta, no importaba si era de un precio o de otro,
con tal de que se lo comprara.
Siguió avanzando por la calle que se iba tornando bulliciosa con papás y mamás con sus hijos algunos de la mano.Entraban y salían de las tiendas con regalos y muy sonrientes. Por que no se acordaban de ellos, si él se había portado bien con todos, si no había sacado buenas notas, era por que había faltado mucho, por ayudar a vender a su mamá caramelos, tenía nueve
años y no conocía que la vida era tan desigual para algunos.
Por qué no era uno de alguno de esos niños, a quienes les sonreía cuando sus miradas se cruzaban, pero al instante se alejaban, como si tuviera alguna enfermedad contagiosa. ¿Que la pobreza era una enfermedad? Pues él estaba aseado, aunque sus ropas eran descoloridas, y tenían algunos costuras.
¿Cómo sería jugar con algunos de esos juguetes nuevos?. ¿Cómo sería sentarse en una mesa llena con todas esas cosas que llevaban para cenar esa noche? Era Navidad, y él tendría su camiseta. Pero su papá, recordaba que hacía varios dias que no tenía un cachuelo como para comer más o menos. Dios se acordaría de ellos, él le había escrito, pidiéndole algunas cosas, pero recordaba muy bien que en años anteriores se había disculpado, por que ellos vivían muy lejos. Ojalá él viviera más cerca, de seguro sí le traerían lo que le pidiese.
El regreso a casa era por momentos triste, por momentos alegre. Regresó caminando, pues nadie lo quizo recoger, lo conocían, y sabía que no pagaba, o se bajaba corriendo, era un niño, casi obligado a madurar por la vida.
Al llegar a casa, casi oscurecía. Su mamá, lo amonestó, diciendo que no había almorzado, y que no le habían guardado. Él sabía que a veces no alcanzaba para todos, y su hermanito pequeño de tres años, tenía la prioridad, pues lloraba cuando no comía. Le sirvió sus dos panes, y un poco de té.
La noche era como todas, la diferencia era, que alo lejos se podía ver las luces multicolores de la ciudad, y a lo lejos el ruido de los cohetes. Desde el cerro en que vivían, se podía obserbvar todo. Eran las once, la algarabía iba en aumento, y el pecho de Juanito suspiraba, y con los ojos puestos en la subida, esperando ver aparecer a su papá.
Dieron las doce y nada de su padre. Desde su cama, Juanito adivinaba las lágrimas de su madre, y por momentos se cruzaban sus mudas miradas. En ese instante se escuchó el ruido casi imperceptible de la puerta de latón, Juanito salto de golpe de la cama, corrió a la entrada, tratando de buscar las manos de su padre, tocó una, luego la otra, las manos de su padre casi inertes, se abrieron, dejando ver lo vacias que estaban, y al mirar sus ojos, los vió mojados por la tristeza, diciendo que no le habían dado el cachuelo, Juanito, lo abrazó, y le dijo al oído, papá, ese regalo, no me gustaba mucho, perdiéndose su manito entre su cabello. Juanito había madurado, a sus nueve años.
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