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La
intertextualidad es una estupenda forma de sentar en la misma mesa muertos con vivos. Se los ubica donde quepan y se los echa a hablar o a callar. Todo eso es causado por un texto en el que Freud habla en alemán y el compilador mixtura sus propias glosas hasta hacer que Roberto Arlt le conteste a don Sigmund en español rioplatense con la
voz impresa de Germán García y que oirán resonar ustedes desde mi propia voz; digo mi voz visual de lector aprendiz y que quizá otros leerán más tarde. Lo cierto es que el único que toma café y otorga la palabra o los silencios es el médium metafórico que convoca y monta la reunión. Es esta una de las posibles formas de opinar acerca de la intertextualidad y no es la peor. Aunque parezca no hay en esto burla, escarnio o tapada ironía; la única forma de convocar en un texto -que no sea literatura- los murmullos de frecuencias pancrónicas y entremezcladas es la intertextualidad o la ficción. En el metafórico bar de más arriba todos son contemporáneos, Freud, Arlt, García ustedes y yo. Pues para intentar un dialogismo cultural es necesario destemporizar los
textos y montar una sincronía perpetua que ubique en la misma mesa a escritores de lenguas, disciplinas y períodos lejanos. En las culturas orales esto no sena posible, porque el tráfico del conocimiento es diacrónico, secuenciales irreversible. La cultura grafica tiene la posibilidad de ir y volver, por eso deconstruye. La bobina de la
historia impresa lleva un extremo hasta los textos pero bobina y rebobina el que posee el sedal. Desde este catalejo, la única historia universal es la personal, que ni es lineal ni temporal ni monolingüe; sino sincrónica, políglota y caprichosa. El Psicoanálisis y los Debates Culturales/ se organiza como un retablo construido con la materia de una historia psicoana1ítica personal; aunque para Jujuy la historia de Germán García sea la historia del psicoanálisis argentino. Freud y Lacan seguramente vinieron aquí en los textos mentales de los que estudiaron Psicología en Córdoba o Tucumán y menos en Buenos Aires. Pero el contactó con Barcelona, la casuística del psicoanálisis, Lacán y el Peronismo, Massotta y Pichón Riviere, la dictadura y el exilio son remas que vinculan a Germán García con nuestro saber psicoana1ítico hoy tan quebradeño y patrimonial. Una rara novela autobiográfica canónica e intertextual es calificación osada e insuficiente para el libro de García, que plantea un escenario histórico/textual en el que convergen discursos de
voces múltiples y que él administra como corifeo. La tipología textual se mostraría de acuerdo si considerásemos al libro como un
ensayo. Prefiero reflexionarlo como la imago de un semiótico o crítico cultural que diseña empleando la técnica surrealista del Cadáver Exquisito, un
texto hecho de textos discrecionalmente encadenados y entrecruzados. García es, en última instancia, un editor/compositor. Haré decir a Bajtín (que escribía en ruso en 1910) que "todo texto se construye como mosaico de citas, todo texto es absorción y transformación de otro texto”. Yo le contesto en criollo que es cierto también que nadie escucha las voces de los textos por más que oculte un grabador entre los libros. García pone a hablar voces textuales y esto es literatura pero también Historia y también Psicoanálisis. El libro reúne voces y el que reúne instala las condiciones, que ya son arbitrarias por naturaleza. El libro de Germán García no se llama historia ni tampoco repertorio psicoanalítico argentino pero tiene algo de eso. Apropiado del conocimiento de la historia del vaivén psicoanalítico, habla con deseo de ese conocimiento pero termina mostrándonos su propio texto apaisado. Fotografía viñetas de la cultura psicoanalítica porteña; que no es la nacional, claro. Sienta en una mesa a Susana Ocampo, Manuel Puig, Bernardo Verbistky y a nuestra paisana Leonor Picchetti y los hace hablar de cultura. Algún chauvinismo regional me hizo entusiasmar cuando mencionaron el interés de García por la obra de Leonor Picchetti, a propósito de una nota en la que hice un desapercibido homenaje a la escritora. Mi texto aludía a cierta valentía de una joven novelista provinciana que escribía en 1964 sin miedo pero sin inconsciencia. No trataba de evitar el combate sino de conjurar la turbación. Era una escritura valiente y de confrontación; pero a la vez temerosa y reflexiva. Es que actuar sin miedo aleja lo heroico y emplaza lo irracional y azaroso, porque ya no es valentía sin irreflexión. Un valiente es un cobarde que se sobrepone, hay heroísmo en tanto existe amenaza. Me satisfizo la manera de Germán García para revisar de manera sutil el canon nacional y recuperar algunos autores silenciados por la pacata estética literaria argentina. La intertextualidad es una ingeniosa estrategia para conjurar el temor que provoca criticar la crítica intelectual. Advierto en la posición de García cierta pertinaz prepotencia para reinstalar textos molestos para la cultura canónica que pareciera seguir siendo machista, estigmatizante y mojigata.
Publicado el: noviembre 05, 2007
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