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Shvoong Principal>Libros>Reseña de HISTORIA DE UN DEICIDIO

HISTORIA DE UN DEICIDIO

Reseña del Libro   por:sinopticom     Autor : Mario Vargas Llosa
ª
 
En Historia de un deicidio (1972, ahora publicada en Obras Completas)), que fue en principio una tesis doctoral, el autor analiza la novela Cien años de soledad de García Márquez.y la califica como la soñada “novela total”, una utopía manifiesta que combina y concentra las tres principales experiencias literarias –la biográfica, la histórica y la social– a las que un escritor puede estar expuesto y que el crítico llama, un poco melodramáticamente, sus “demonios”. Es un libro muy útil para aquel que desee introducirse en el laboratorio de la imaginación novelesca. Pero el ensayo exhibe un aparato conceptual un tanto ingenuo y en extremo tautológico, donde conceptos como “realidad real” y “realidad ficticia” son herramientas escolares que en Cartas a un joven novelista (1997) –que cierra este tomo de las Obras completas– alcanzan una depuración, en el sentido estricto de la palabra, magistral. La principal teoría del libro, que postula al novelista como “suplantador de Dios”, es una generalidad. No se duda que García Márquez sea ese suplantador de Dios ni que Cien años de soledad se cuente entre los mundos más herméticos y mejor poblados de la literatura universal, pero no veo por qué la suplantación divina sea, como lo sugiere ambiguamente Vargas Llosa, propia de García Márquez, pues, en mi opinión, vale lo mismo para Faulkner o Balzac o Flaubert o Tolstói o Georges Perec. La mayoría de los novelistas son suplantadores de Dios, o “inventores de realidad” como los llamó Jaime Torres Bodet (a quien no es de muy buen tono citar) antes que José Miguel Oviedo titulara La invención de la realidad (1970) su libro sobre el propio Vargas Llosa. Yoknapatawpha, el París del tío Goriot, el pueblito de Emma Bovary o el edificio que protagoniza La vida, instrucciones de uso, son todas “realidades ficticias”. Me ocurre con Vargas Llosa lo que a Harold Bloom con Bajtín y su teoría dialógica diseñada para Dostoievski: la pertinencia de la tesis no alcanza para aceptarla como propiedad de un solo autor.
Destaca, en Historia de un deicidio, su empatía con The Road to Xanadu. A Study in the Ways of the Imagination (1927) de John Livingston Lowes, el tratado sobre Coleridge que es uno de los libros de crítica más hermosos que se han escrito y que Vargas Llosa cita a propósito de la irrelevancia de la angustia de las influencias, lo cual abre otro tema. También resultaría muy fecundo investigar la noción de lo imaginario en Historia de un deicidio para rastrear de qué manera el escritor peruano se alejó de Sartre, filósofo bien dispuesto a inventariar los mecanismos de la imaginación. La descripción y el censo que del universo macondiano se verifica en el libro es exhaustiva, lo mismo que algunas averiguaciones que Vargas Llosa dejó firmemente establecidas. Menciono un par: el uso genial que García Márquez hace de la exageración, capaz por sí sola de aumentar las propiedades del objeto hasta el límite de lo irreal. O la explicación de la accesibilidad de su universo, que es lo que lo hace total, como ocurre en Cervantes, en Kafka, en Dickens. En otros pasajes de la Historia de un deicidio el crítico sale airoso de las situaciones incómodas en que su clásico lo coloca, como la imprudente (o políticamente incorrecta) declaración en que García Márquez dice que lee mucho a Borges pero que no le gusta ni le interesa, lo cual uno pensaría que Vargas Llosa supone falso al pasar al estudio de las mutaciones del narrador en Cien años de soledad. Mediante la estratagema de Melquíades como autor de los pergaminos, el narrador omnisciente, ubicuo, exterior e invisible, la novela se emparenta con Borges, que confesó haberla leído.
Publicado el: 26 octubre, 2007   
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