es escalofriante y conmovedora al mismo tiempo. Atrévete a leer este libro.
ENTRE DIOS Y HOMBRES
Desde
que el mundo existe, nuestros padres siempre se han preocupado por nuestra educación, convencidos de que lo que han decidido será lo mejor para nuestro futuro, sin pensar en las consecuencias que estas decisiones pueden tener para algunos de nosotros. La historia que van a descubrir en este libro tal vez les parezca absurda, o exagerada, pero es la cruel realidad de unos niños que, con apenas nueve años, se enfrentan a un mundo de sigilo entre el reino de la palabra de Dios y la triste crueldad de los hombres indignos de ese nombre. Desde que entré en ese sitio, lo único más valioso que he podido extraer de esta experiencia inigualable ha sido la educación y el respeto por mis semejantes. Muchos tratadistas han abordado este tema con aportaciones decisivas que revelan la violencia sexual en los monasterios y en otras instituciones, la misma que hemos sufrido muchos de nosotros. Durante los diez años que pasé en ese monasterio no solamente hubo lamentaciones y obstrucciones al amor. Aun en medio de crueldades y tormentos ustedes descubrirán cinco lindas y románticas historias de amor; la primera es el encuentro de la fe con Dios, la segunda es el tierno afecto que un niño siente por sus padres, derramado por la ausencia de tantos años sin poder decirles cuánto los ama. La tercera es el imposible idilio con Laura, la cuarta es el encuentro con Marisol, su primer beso, el que durante años guardó en su corazón para dejarlo subir a sus labios cuando necesitaba recordar el sabor a fresa que el aliento de ella le había dejado, la quinta es el romance prohibido que vivió el padre Abel, de esa apasionada relación nació un niño llamado Domingos. Cuando les mencione crueldades y tormentos, las palabras son moderadas en comparación con lo que les ocurrió a muchos de mis compañeros. La mayoría de los niños logramos escapar de las telas de araña que nos extendían los sacerdotes, sin embargo, muchos otros no han tenido la misma suerte y algunos, humillados, han preferido el sigilo y en otros casos el suicidio. El goce perverso de nuestra desnudez era el pasatiempo de nuestros padres espirituales, que sin ningún escrúpulo violaban nuestra intimidad, pero visto con los ojos de unos angelitos de ocho y nueve años la forma en que manoseaban nuestros cuerpos nos parecía normal, y lo sentíamos como las manos de nuestros papás cuando nos daban un baño. Pero lamentablemente algunos se convirtieron en prisioneros de esos extremistas de la violencia impúdica, hasta llegar a despertar esa inclinación a la perversión que late en lo más recóndito del corazón humano. Mis conocimientos de teología me llevan a pensar que, después de la muerte de nuestro señor Jesucristo, los Sumos Pontífices han conducido el sacerdocio a la injusticia. Al prohibir el matrimonio, que es una de las gracias más preciosas que Dios nos concedió, han expuesto a los sacerdotes a tentaciones perversas hasta convertir la casa de Dios en un mundo secreto de pedófilos.
Manuel Morais