Aunque esta novela de Dostoievski puede carecer del encanto habitual de sus obras más típicas, ofrece a cambio una modernidad que en algunos aspectos resulta sorprendente. Un hombre, que se hace preguntas sobre las particularidades del comportamiento humano, recuerda aspectos de su personalidad que a él mismo le parecen extraños e incluso miserables.
En una primera parte, el narrador protagonista se recrea en un falso diálogo, monólogo en realidad, en el que se pregunta si de verdad el hombre es un criatura reformable, si es capaz de solucionar sus problemas y limitaciones por medio de la razón o no ocurrirá que es caprichoso y caótico. Habla de su propio "subsuelo" (un nebuloso concepto que se acerca al que hoy conocemos como psicoanálisis), de su yo, que se resiste a ser razonable: "Ni que decir tiene que nunca podré romper ese muro de
piedra a cabezazos si no
tengo fuerza bastante para ello, pero nunca me resignaré ante él sólo porque sea un muro de piedra y porque no tengo fuerza bastante para derribarlo".
En una segunda parte, narra una experiencia de su juventud, veinte años antes, en la que considera que salió a flote ese subsuelo. En una ocasión, lleno de deudas y abrumado ante una fiesta que daban sus amigos, decidió ir aunque no tenía ni ropa buena ni dinero y se portó con ellos como si quisiera hacerles pagar a ellos sus problemas. A consecuencia de su comportamiento, discutió y se cruzaron desafíos a duelo. Más tarde, en una taberna,
encuentra a la prostituta Liza, guapa jovencita todavía con señas de gran inocencia, pues acaba de empezar la profesión. Simplemente para vengarse, para resarcirse de su mal humor, la tortura haciéndole ver el destino cruel de humillaciones y enfermedad y envejecimiento prematuro que la espera, y consigue que ella reflexione, se sincere y decida sacar de su equipaje la carta que un enamorado la escribió en cierta ocasión. Al día siguiente, cuando el
joven ya ha conseguido evitar el
duelo y se encuentra en plena discusión (también algo maniática) con el criado, Liza llega a su casa con la intención de proseguir su conversación. Él, en cambio, se porta como un cerdo, se acuesta con ella y luego le da un billetito en pago. Ella, que por su mirada parece darse cuenta de que ese joven está sufriendo y malviviendo tanto como ella, se las arregla para dejarle sobre la mesa el billete y regresar a su vida degradante.
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