El primero de los cinco capítulos se dedica a describir la situación tradicional de la mujer en España, que debía ser "previsora
como la hormiga, laboriosa como la abeja", según
El libro de oro de las niñas. Esta era también la idea de la clase obrera, incluso en sus sectores más combativos: "Mi compañera tiene bastante con cuidarme a mí y a mis hijos", "a fregar las mandaba yo a ésas". En Barcelona, en 1915, hubo una huelga de cuatro meses destinada a expulsar a las compañeras que ocupaban "puestos de trabajo masculinos" en una fábrica de sopas.
El segundo capítulo analiza el papel de la mujer en la propaganda antifascista de guerra. Era frecuente la utilización de imágenes de mujeres jóvenes en actitud de lucha en carteles porque se consideraban imágenes subversivas y empujaban al hombre (a través del típico llamamiento a su hombría) a hacer lo que
"hasta una mujer estaba dispuesta a hacer". Pero esta imagen de miliciana fue rechazada incluso por colectivos feministas, que opinaban que había que ser
más serios. Hay que tener en cuenta que los carteles estaban dirigidos a
hombres. A las mujeres se les hablaba de dignidad. Se llamaba a la maternidad y al sacrificio de entregar el hijo. Pese a todo, gracias al estallido revolucionario que propició la guerra, las mujeres "se comprometieron espontáneamente en el esfuerzo bélico rompiendo con las barreras habituales que las mantenian aisladas de la lucha social y política". Miles de mujeres salieron a la calle sin acompañante y con una mayor libertad de movimiento.
El tercer capítulo analiza a las organizaciones femeninas de la época y sus aspiraciones programáticas. Apoyando al Frente Popular y formado por la unión de otros colectivos estaba la Asociación de Mujeres Antifascistas, AMA, que proclama la incorporación de la mujer a la lucha (política) antifascista, la igualdad laboral, la defensa de la
retaguardia, la protección de la salud de las madres y los niños, la mejora de la educación, la cultura, la formación profesional y la asistencia social, la eliminación de la prostitución. La organización Mujeres Libres representaba el anarcofeminismo de clase obrera y exigía una doble militancia: una, revolucionaria, fundada en la eliminación de la explotación social y económica y la destrucción del Estado, y otra feminista, que cuestionará la supremacía masculina y acabará con las estructuras patriarcales.
En el cuarto capítulo se estudia el papel de la mujer en las acciones de guerra, que fue escaso. La consigna movilizadora dominante,
los hombres al frente de batalla, las mujeres a la retaguardia, apenas suscitaba oposición, ni siquiera entre las militantes. El heroismo que se exigía a las mujeres era el sacrificio materno; es decir, aquellas que eran capaces de comprometer a sus hijos en la resistencia militar eran consideradas heroicas. El valor no dejaba de identificarse con la virilidad y la cobardía era femenina: "Llorad como mujeres pues no supisteis luchar como hombres". Los partidos mantenían estructuras patriarcales y en algunos casos se obligaba al marido a pagar una multa por las actividades subversivas de su esposa. El combate y la defensa de la participación de la mujer en el combate era minoritario: la mítica Lina Odena; Casilda Méndez, anarquista vasca que combatió en las Peñas de Aya; la anarquista catalana Conchita Pérez Collado, que luchó en la defensa de Belchite; o una miliciana que moriría despues de escribir en una carta a su familia: "Mi corazón no puede permanecer impasible viendo la lucha que están llevando a cabo mis hermanos... Y si alguien os dice que la lucha no es cosa de mujeres, decidle que el desempeño del deber revolucionario es obligación de todos lo que no son cobardes".
Dos milicianas del Quinto Regimiento decidieron abandonar y trasladarse a la columna del POUM que capitaneaba Mika Etchebéhère, donde no estaban obligadas a cocinar y lavar y sus cometidos.
En un testimonio oral, Antonia García, comunista, contaba que en la retaguardia era frecuente el acoso sexual y afirmaba que el dicho de que "los hombres son comunistas, socialistas o anarquistas de cintura para arriba" era muy popular entre las mujeres.
Durante la guerra se fomentaron las
madrinas de guerra, cuya función era cartearse (agencia matrimonial o servicio social de lavado de ropa, etcétera)
El quinto y último capítulo trata las labores de supervivencia en tiempo de guerra y la importancia que tuvo la mujer en ellas. Lo cierto es que, para muchas, la guerra representó una época de graves privaciones, aunque para otras fue también el periodo más emocionante de su vida, de hondo compromiso y actividad febril. Las mujeres se hicieron expertas en el mercado negro y el trueque. Algunas que nunca se habían aventurado más allá de los límites de su barrio, cogieron trenes para ir al campo y a los pueblos de las afueras para comprar e intercambiar productos. Fue un cambio total en la rutina en que se habían educado.