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Síntesis y críticas breves

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Mata-Hari

por : Martin Lucas Perez    

Autor : Fernando Díaz-Plaja
Margaretha Zelle, nacida en 1876, era una holandesa extrañamente morena a la que ya a los quince años se le detectaban algunas
de las características que marcaron su vida: su afición por el lujo, sus delirios de grandeza, su amor por los uniformes y su belleza (alta, esbelta, de ojos almendrados, aunque con un pecho diminuto). A los diecinueve años conoce por correspondencia al oficial Rudolf McLeod, se casa con él y se trasladan a la isla de Java. Allí observa las danzas orientales que más tarde imitaría y la desinhibición sexual de los nativos. Tiene dos hijos, uno de los cuales muere trágicamente. El matrimonio no se lleva bien. Margaretha no aguanta la rutina monógama, no tiene ni pizca de instinto maternal y no puede evitar las infidelidades.
El matrimonio vuelve a Holanda y se divorcia. Ella va a París e inicia carrera artística en los clubs de la ciudad como bailarina exótica. Más que bailar, según los cronistas (entre ellos, la escritora Colette), lo que hace es un lento y suculento striptease. Con la excusa de la peculiar religiosidad hindú, ella se lo quita todo menos los dos adornos circulares que cubren sus raquíticos pechos, a los que considera impresentables. "Al bailar —decía ella a la prensa— hago olvidar que soy mujer, de forma que cuando ofrezco todo al dios, incluido yo misma, esa ofrenda está simbolizándose en el lento deslizar de mi sarong, la última pieza de vestido que me cubre y en el momento en que me quedo de pie unos segundos desnuda del todo, no sugiero al público nada más que el interés por ese sentimiento que la danza expresa".
Margaretha se ha inventado un nuevo nombre para sus actuaciones, Mata-Hari, que significa Ojo del Día en la lengua de sus queridas islas orientales. Pero también un nuevo pasado: va contando a todo el mundo que es nativa de Java, hija de una rajá y raptada y llevada a Holanda por un militar. Desde 1905 hasta poco antes de la Gran Guerra pasa sus años más gloriosos, con actuaciones en el Olympia de París y muchos otros clubs de diferentes países. Al mismo tiempo se va haciendo con una amplia colección de amantes de todos los países y preferentemente de condición militar.
El negocio de la religiosidad placenteramente transmitida se le va acabando poco a poco. Sus contratos como bailarina comienzan a escasear y su vida galante cada vez tiene más de pura y bien retribuida prostitución. Cuando estalla la guerra, no puede evitar la tentación de intentar aprovechar sus contactos y su residencia en París para actuar de agente para uno de sus amantes, que es jefe del espionaje alemán y consul en Amsterdam. Su nombre en clave será H-21 y su tarea averiguar, entre besos y caricias, entre copas y sábanas, lo máximo posible de sus amantes diplomáticos y militares sobre la situación, fecha de incorporación al frente y peculiaridades de las unidades a las que pertenecen o con las que tienen relación. Luego, escribir sus mensajes en tinta simpática y hacerlos llegar a Alemania a través de la neutral Holanda.
Aunque no hay unanimidad entre historiadores, la mayoría se inclina a considerar a Mata-Hari como una espía bastante pobretona e inepta, que apenas transmitió algo de interés a los alemanes. Tampoco llevó nada potable al bando aliado, cuando pocos meses después comenzó a servirle iniciando el típico doble juego, quizá obligada por las circunstancias o simplemente por aumentar sus ingresos. Lo cierto es que los franceses entraron pronto en sospecha de sus actividades; la pusieron en vigilancia y durante su estancia en el neutral Madrid, en el hotel Ritz, detectaron que entregaba información a la embajada alemana. Entonces (febrero 1917) la atraen a París y allí la detienen.
El juicio es multitudinario. Margaretha admite sus evidentes contactos con diplomáticos y militares germánicos, pero siempre reduciéndolos a simples aventuras sexuales, que exhibe con todos los detalles y sin ningún rubor: siempre le han encantado los uniformes, le encanta acostarse con muchos hombres y acepta regalos y dinero de ellos. "Pero... ¿los veinte mil francos que recibió de la embajada alemana no eran una cantidad excesivamente grande sólo por servicios amorosos?", le preguntan en la vista, y Margaretha mira desde osa y ofendida: ella vale eso y más.
Margaretha sabe que la tienen pillada y se prepara para unos duros años de cárcel. No imagina que la cosa va a ser mucho más grave: estamos justamente en el momento más duro de la guerra para los aliados, y Francia necesita distraer a la opinión pública cortando alguna cabeza de turco. Mata-Hari, a sus 41 a os, va a ser condenada a muerte y no va a recibir el indulto, a pesar de que lo aguardará con grandes esperanzas hasta unos momentos antes de su fusilamiento. Sin embargo, no se puso nerviosa. Ella, mujer de la frivolidad, supo afrontar la ejecución con una serenidad que asombró a todos los testigos. No quiso ni que le vendaran los ojos. Lo único que la fastidió fue el tremendo madrugón que le hicieron dar para la cita con el pelotón de fusilamiento: "¿Dé dónde saldrá esa dichosa costumbre de ejecutar a los condenados al amanecer?", dijo cuando se arreglaba para ir a morir.
 
 
 
 
 
 
Publicado el: octubre 13, 2007
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