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Tenemos Que Hablar de Kevin
Tenemos que hablar de Kevin
Confesaremos que no habíamos leído a Lionel Shriver (Carolina del Norte, 1957),
autora nunca hasta ahora traducida al español. "Tenemos que hablar de Kevin" aborda un asunto espinoso que conturba a la sociedad norteamericana y que en los últimos años se ha convertido en uno de los síntomas más inequívocos de su gangrena: nos referimos a las matanzas que, sin causa aparente, perpetran jóvenes de vida más o menos acomodada entre sus compañeros de instituto o universidad. Shriver prueba en esta novela a zambullirse en la etiología de esa gangrena desde una perspectiva sumamente original, la de una madre que trata de dilucidar las razones o sinrazones que convirtieron a su hijo adolescente en una bestia sedienta de sangre. Además de elegir tan novedoso punto de vista, Shriver no se arredra ante osadías compositivas que alejan su novela del best seller convencional: en primer lugar, nos revela desde el principio que el joven del título es autor de una matanza, desdeñando así el efecto intrigante que el escamoteo de dato tan sustancial podría ejercer sobre el lector; además, estructura su obra como novela epistolar. Inevitablemente, mientras se lee la obra de Shriver acuden a la memoria antecedentes tan diversos e ilustres como LA familia de Pascual Duarte" o "El fin de Alice" , de A. M. Homes, donde también se nos proponen viajes al meollo del horror con formato epistolar. Eva Khatchadourian, la narradora de la historia, dirige a su marido Franklin una serie de cartas en las que narra las circunstancias biográficas del hijo de ambos, Kevin, quien asesinó a siete compañeros de clase, amén de una profesora y un camarero de la cafetería del instituto donde cursaba estudios. Las cartas nunca obtienen respuesta; solo al final de la novela sabremos por qué (y la revelación, asaz efectista, constituye uno de los aspectos menos convincentes de la novela). Eva, desde luego, no es un personaje que estimule la empatía del lector: se trata de una madre desnaturalizada que no tiene escrúpulos en exponer con desapego los "inconvenientes de tener hijos", e incluso los "estragos físicos" que ocasiona la maternidad, "el humillante precio de haber cargado durante nueve meses con el peso de un gorrón". Cuando nazca Kevin, ese desapego se transmutará en algo parecido al aborrecimiento: aunque Eva se esfuerza en especificar que no quería tener ese hijo (al que pinta, ya desde la cuna, como un dechado de maldad), se desprende de sus palabras que no quería tener en realidad ninguno; de ahí que después resulten incongruentes las muestras de cariño que dispensa a Celia, la niña que concibe algunos años más tarde. Eva es un monstruo de nihilismo y una egoísta redomada; no parece extraño, pues, que el fruto de su vientre "odie estar vivo" y sobrelleve desde la edad de la lactancia una existencia desapasionada, solo alterada por sus raptos de insoportable malhumor y sus alevosas maquinaciones. Luego, cuando Kevin crezca, se convertirá en un muchacho ensañadamente cruel, cuyas fechorías adquieren, a medida que transcurren los años, un cariz más tenebroso, hasta desembocar en la consabida matanza, en cuya narración -tirando a peliculera- Shriver se regodea a conciencia. "Tenemos que hablar de Kevin" es una novela con vocación de prolijidad que, por momentos, llega a hacerse enojosa: Shriver desconoce las ventajas de la elipsis, plantea diálogos forzados,, incurre en la cháchara seudopsicológica o políticoide. Tampoco evita las caracterizaciones estereotipadas (especialmente rudimentaria parece la del bufonesco Franklin) o fantasmales (la niña Celia es un personaje desdibujado y sin encarnadura). Siendo una obra sobre la maternidad, resulta clamoroso el desconocimiento que la autora delata sobre tal experiencia; tanto que, a la postre, la lectura más verosímil que admite su novela es de índole psicoanalítica. Cuando Eva confiesa en la última página que ha llegado a amar a su malhadado hijo, no solo le creemos, sinoque entendemos la razón de ese amor: se trata de una mera solidaridad entre monstruos.
Donanfer
Publicado el: octubre 12, 2007
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