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Síntesis y críticas breves

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El Secreto de Christine

por : Donanfer    

Autor : Donanfer

El secreto de Cristine
Salvo casos contadísimos en los que la multiplicidad de seudónimos termina funcionando
como cuestionadora, como erosionadora de todos los nombres -el de Hilario Ascasubi, por ejemplo, que firmó sus textos como Paulino Lucero, Anacleto Reventosa, Aniceto El Gallo, el Compadre de Paulino, Juan de Dios el Chaná, Mamerto Reventosa, Pascual Cristóbal de Badaña y Cagancha, Rocamora, Rufo Carmona, José Crudo, La Isidora y Un Gaucho del Escuadrón, entre muchos otros-, en la elección de un seudónimo subyace siempre el gesto contrario: la importancia otorgada al nombre. Este último parece ser el caso del irlandés John Banville, que ha pasado a ser Benjamin Black para firmar El secreto de Christine : la contratapa de la edición en español de la novela nos anuncia que Black es Banville, a lo que se suman las noticias acerca de la gira de promoción que el autor ha hecho de su novela. Al contrario, los seudónimos suelen ser más bien formas de explicitar cuestiones de lo más disímiles: en este caso, que no esperemos encontrar lo que ya teníamos reconocido como la voz de Banville en la narrativa de Black. O, mejor dicho, como si un autor fuera "garantía de marca", que encontraremos el talento de Banville, pero supeditado esta vez a las reglas de un buen policial. John Banville es autor de novelas ( Copérnico , La carta de Newton , El libro de las pruebas , El intocable , Eclipse y, entre otras, El mar , por la cual ganó el Booker Prize 2005) capaces de dejar al lector sin aliento, traspasado por la felicidad -rara, cada vez más rara- que provoca el encuentro con una literatura brillante. Hay siempre, en las narraciones de Banville, un personaje captado en un momento especial, un momento en el que su rutina se altera por algo y en el que su voz se interna entonces en un abismo de perplejidad, de remembranzas y elucubraciones de los que nadie, lector incluido, sale indemne. Y hay humor e inteligencia sin que eso excluya la percepción clara de que lo leído está escrito desde las entrañas. También hay, para aquellos lectores capaces de perdonarle todo a una novela mientras tenga al menos un pasaje estremecedor, no uno sino varios de esos pasajes. El secreto de Christine , firmada por Benjamin Black, transcurre entre Dublin y Boston, en la década del cincuenta, y tiene como personaje principal a Quirke, médico patólogo a quien una escena inicial apenas entrevista -el momento en que su cuñado y hermano adoptivo, reconocido ginecólogo, entra subrepticiamente a su oficina para alterar el informe que corresponde al cadáver de una joven, Christine, que acaba de entrar a la sala- convierte en detective amateur . Incluso hay un detective propiamente dicho, pero este, como suele ocurrir con la policía en el relato de detectives clásico, queda opacado frente a la investigación que lleva adelante Quirke. Su búsqueda lo lleva a ponerse en contacto con una Orden de Caballeros, un refugio para mujeres embarazadas, sin techo ni esperanza, una congregación de monjas tenebrosas, una red de tráfico de bebés, una serie de instancias que revelan los conflictos entre protestantes y católicos en la Irlanda de los cincuenta, un plan entre siniestro y delirante para expandir el catolicismo. Y, fundamentalmente, a Quirke su búsqueda lo pone en contacto con los secretos bien guardados de su familia. Una familia con dos patriarcas: el juez Griffith, que lo sacó de un orfanato y pasó a ser su padre, y Josh Crawford, irlandés que fundó un imperio en Boston y pasó a ser su suegro. A pesar de que está siempre con un cigarrillo humeante y un vaso de whisky en la mano -o varios en su corriente sanguínea-, Quirke tampoco es el detective duro al que nos acostumbraron el Philip Marlow de Raymond Chandler ni el Sam Spade de Dashiell Hammett. Su búsqueda es, sobre todo, sentimental, existencial. También están esas observaciones filosas, capaces de descubrir la grieta justa por donde se puede acceder a la zona más oscura de un personaje: por ejemplo, cuando se describe la visita a la sala de obstetricia que hace el cuñado y hermano adoptivo de Quirke, a quien se presenta como un personaje prestigioso en la ciudad, adorado por médicos discípulos y por pacientes parturientas; todo es un cúmulo de sonrisas, luminosidad, pasos bien dados y frases bien dichas, hasta que de pronto un solo adjetivo de los tres que el narrador utiliza para describir la sonrisa del ginecólogo echa todo por la borda, revela la tensión de un conflicto latente. Un solo adjetivo en un párrafo extenso: a eso nos acostumbró Banville, aunque en Black lo encontramos con frecuencia infinitamente menor. En cambio, proliferan párrafos explicativos, evidentemente pensados para que al lector no se le escape detalle de una trama zigzagueante. El tiempo moroso al que nos obliga la lectura de una página de Banville es acá reemplazado por una lectura voraz, veloz. Aquellos que piensan que la literatura es un tanteo en las sombras, seguramente preferirán no incursionar en el Banville con seudónimo. Aquellos que adoran el policial sin fisuras van a cruzar los dedos para que, a pesar de la primavera incipiente, se desate una lluvia que les impida moverse del sillón en todo el fin de semana. O tal vez directamente prefieran esperar la versión cinematográfica. Donanfer
Publicado el: octubre 09, 2007
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