En los tiempos en que se escribía el Antiguo Testamento, el Continente Americano, también estaba poblado, y a esta gente, el Señor, también le levantó profetas, y lo que estos Profetas escribieron, lo hicieron en planchas de oro, para que pudieran preservarse a través del tiempo y de los fenómenos naturales. La traducción de dichas planchas, es lo que ahora constituye: El Libro de Mormón, llamado así, por el nombre del Profeta que compendió las palnchas para que nosotros en este tiempo, pudiéramos heredarlas casi completas. En este libro, se habla de tres expediciones que llegaron a este continente después del diluvio universal. Los primeros en llegar, fueron los Jareditas, 2,400 años A.C. aproximadamente, procedentes de la torre de Babel, cuya civilización fue destruída por causa de la iniquidad de su gente. Luego vinieron los Nefitas y Lamanitas, acompañados de su padre, el Profeta Lehí, quien fue traído de Jerusalem, 600 años A.C. en los tiempos de Jeremías; quienes formaron dos grandes civilizaciones, Los Nefitas, que fueron destruídos y los Lamanitas, quienes permanecen hasta la fecha, como los indígenas americanos. Casi a la vez de éstos, o para ser precisa, 11 años después, llegaron los Mulekitas, que eran el pueblo de Mulek, hijo del Rey Sedequías, quien escapó de la matanza y cautividad en que los babilonios sumieron al pueblo de Israel.
Éstos se mezclaron con los nefitas, y fueron destruídos con ellos, a manos de los lamanitas. La historia concluye 400 años después de Cristo, aproximadamente. En el transcurso de las vidas de la gente de estas civilizaciones, se levantaron muchos Profetas, que ejercieron su ministerio, no sólo a favor de los que tenían presentes, sino, y muy especialmente, a favor de los que vendrían después, vale decir, a favor de nosotros, los que actualmente vivimos en este continente americano, en forma particular, y de los que viven en el resto del mundo en forma mas general; por lo que es nuestra gran responsabilidad, conocer este libro y atesorarlo como lo que realmente es, y no juzgarlo sin conocerlo, porque eso sería prevaricar contra Dios.