No cabe duda de que Valle-Inclán es el más abierto y vanguardista de los componentes de la llamada generación del 98. Aquí,
a punto de iniciar su línea esperpéntica, consigue elevar a gran altura una concepción del relato grupal, de movilidad novelesca (o cinematográfica) en la que multitud de personajes recrean dinámicas escenas de diálogos breves, sintéticos pero muy trabajados en su contenido, léxico y sintaxis.
Además, de eso, hay una perfecta réplica teatral a la estética de lo grotesco de los
Caprichos de Goya. Toda la selección de lo bonito, de lo refinado que hay en las obras modernistas de este autor se invierte aquí resultando una selección de lo grosero, rudo y monstruoso. Pero no hay en ello una intención crítica positiva, sino cínica, burlona y vengativa. La realidad social de su época no gusta al refinado, aristocrático y a veces anarquizante Valle-Inclán y resalta sus rasgos odiosos hasta lo grotesco, "como en un espejo concávo". Al contrario que para Machado, para Valle-Inclán y para el resto de los noventayochistas, no existen dos Españas (una bostezante y siniestra y otra juvenil y poderosa), sino sólo una, la peor.
Las motivaciones de todas y cada una de los personajes del drama, sus reacciones ante lo que experimentan son siempre brutales, necias, impulsadas por los malos instintos. Cuando muere la madre del enano Laureaniño, deforme y subnormal, sus dos ramas de parientes se pelean por hacerse cargo de él. No por cuidarle, claro, sino porque "el engendro" es fenomenal para ablandar el corazón de las gentes y sacar una buena pasta en limosnas. Al fin deciden "dividir" la herencia: la mitad de los días será del sacristán hermano de la muerta y de su descocada mujer Mari Gaila, y la otra mitad de Marica del Reino, tía de la difunta.
Mari Gaila se dedicará cuidadosamente a explotar el chollo y no le importará para ello enseñar al público los atributos sexuales del enano subnormal. Mientras Mari Gaila retoza con su amante Séptimo Miau, los parroquianos de la taberna donde ha dejado al enano le dan de beber hasta que muere. La reacción de la mujer al enterarse es pedir una copa y lamentar la pérdida económica. Y sin molestarse en ir a dar la noticia a la otra beneficiaria del enano, deja el cadáver a la puerta de casa toda la noche. Por la mañana, el cuerpo aparece comido por los cerdos.
La acción se desvía entonces a los encuentros sexuales de Mari Gaila y Séptimo Miau, quienes son sorprendidos por unos lugareños que, mientras el hombre escapa, deciden hacer escarnio de la mujer: la desnudan y la llevan a presencia de su marido, el sacristán. Todo parece que va a tener un final de tragedia. Pero Valle-Inclán prefiere una reacción más surrealista o goyesca: el sacristán, cuando están a punto de liarse a pedradas con la mujer, pronuncia en latín unas
palabras (
divinas) que nadie entiende pero que ejercen el efecto mágico de que todos se aparten y se vayan a sus casas. Las palabras pronunciadas son las de Cristo ante la mujer adúltera: Quien esté libre de pecado que tire la primera piedra.