Poema narrativo de unos 1700 versos en el que se sumerge el mito de don Juan (aquí llamado don Félix de Montemar) en el clima
macabro y tenebroso tan querido de los románticos. Con el exceso de adjetivos y el desenfreno de referencias a lo lúgubre propias del romanticismo, asistimos al castigo, pero también al ensalzamiento macabro, a la orgullosa satanización del libertino conquistador que no retrocede ni ante la presencia de la
muerte, ni ante la visión de su propio entierro; y que con tal de ser fiel a su vocación de mujeriego es capaz de acostarse con la propia muerte y fundirse con ella, en forma de esqueleto, en un abrazo mortal.
Todo sucede en una noche. Félix de Montemar, mientras se jugaba a los dados hasta el retrato de una de sus amantes (y a ella misma si le apuran), es abordado por Diego de Pastrana, hermano de Elvira, una de sus conquistas que, despechada, se volvió loca y luego murió. Los dos se baten y don Félix mata a su rival y huye por las calles de la Salamanca nocturna tras los pasos de una embozada dama que encuentra y que le resulta familiar. Tan pronto se ve en campo abierto como por calles conocidas, siente que ocurre algo extra o, pero él todo lo achaca al vino que había bebido. No sabe que él también ha muerto en el duelo, que la dama misteriosa es el fantasma de Elvira y que cada paso que da detrás de ella es un paso hacia la muerte.
De repente topan con un entierro doble. Al preguntar quienes son los muertos, le responden que Diego del Pastrana y Félix de Montemar.
"—Mientes, truhan. —No por cierto.
—Pues decidme a mí quién soy,
si gustáis, porque no acierto
cómo a un mismo
tiempo estoy
aquí vivo y allí muerto"
Montemar sigue su carrera detrás de la dama, decidido a sumarla a su lista de conquistas. Se extraña de la actitud de ella, de que ande por ahí a esas horas y de lo poco que habla, pero no deja de seguirla a pesar de que ella le advierta:
—Cada paso que avanzáis
lo adelantáis a la muerte,
don Félix, ¿y no tembláis,
y el corazón no os advierte
que a la muerte camináis?
La dama se detiene y entra en un edificio de altas puertas. Él va detrás de ella, insensible al miedo, por largos y lúgubres pasillos. Espronceda resalta la figura demoniacamente heroica de Félix de Montemar, al igualarse a Dios al tiempo que se le enfrenta:
Segundo Lucifer que se levanta
del rayo vengador la frente herida,
alma rebelde que el temor no espanta,
hollada sí, pero jamás vencida.
La misteriosa mujer se prepara para una boda macabra, reclinándose sobre una extraña y solemne construcción que a Montemar le recuerda al mismo tiempo a una tumba y un lecho. A continuación aparece el fantasma de don Diego, el que acaba de matar, quien le explica que la dama es doña Elvira y que van a celebrarse las bodas que no quiso celebrar en vida.La boda se consuma, tras descubrirse la dama embozada y aparecer convertida en un esqueleto.
Uno de los rasgos destacados del poema, es la utilización narrativa que hace Espronceda de las diferencias métricas. Salta de endecasílabos a octosílabos, por ejemplo, para cambiar de la narración en tercera persona al parlamento de un personaje. Salta de los octosílabos a versos de cuatro sílabas y vuelve a los de ocho para salpicar, por ejemplo, su inicial descripción de la noche de una rafaguita de acción: la carrera en la oscuridad de don Félix. En la última parte, para relatar el último estertor de Montemar pasa, de estrofa en estrofa, de versos de ocho a versos de siete, luego de cinco, de cuatro, de tres y finalmente de dos sílabas, dando la sensación de algo que va lentamente extinguiéndose.