¿quién dijo que un ave no puede
llorar?
Asoma el jugo de la
ternura de entre las plumas oscuras
que rodean los ojos
de este cuervo cojo.
Cojo por sentir del todo
y tener a medias,
por resultar inútiles sus alas
ante tan largo vuelo.
Ternura por ver muro impenetrable
ante sus ojos volverse escalable,
haciendo hueco entre sus
piedras,
piedras ahora latentes y llenas.
Al mirar por esos huecos
el cuervo lee sueños,
tantos que empieza a sentir sed,
necesidad de mirar a su través.
Cuando mira al otro lado del muro,
el ave aletea palabras brillantes
teje sueños que convertirá en reales
y los filtra por el mármol antes oscuro.
Este mensajero de negro plumaje
se siente rebosar de alegría
al ver cómo una pluma suave
puede vencer a la piedra fría .Este poema pertenece al libro graznidos de Oniria