Curioso mundo el que Valle Inclán se ha labrado a estas alturas. Además de su concepción de teatro libérrimo, cinematográfico
y de acotaciones primorosamente literarias y del siempre presente galleguismo de brujas y santa compaña, pero también de campesinos, pescados y vegetación fría y húmeda, encontramos aquí una curiosa ansia de redención de los oprimidos, que se viste de algo que a veces parece anarquismo o comunismo y otras de nazismo, de mesianismo elitista y acientífico, de manera que lo único que claramente se rechaza es el liberalismo capitalista.
El portador de este espíritu es el personaje protagonista, don Juan Manuel Montenegro, "el viejo linajudo" que al tener noticia de que su esposa, la que él tantas veces acornamentara y humillara de mil maneras, está a punto de morir, sufre una crisis espiritual. En primer lugar, ve el conglomerado fantasmal conocido como la santa compaña y tiene la premonición de que su muerte se acerca. Luego, convence a unos pescadores para que le lleven por mar, a pesar de la tormenta, para
llegar antes al lugar donde su esposa agoniza. Él se bajará del barco antes de llegar y gracias a eso evitará naufragar y perecer con la tripulación. Al llegar al lugar, la mujer ya ha muerto y sólo encuentra a cinco de sus seis hijos (al otro, el llamado Cara de Plata, el guapo y razonable, se le supone en la guerra carlista), tratando de arrasar con las pertenencias de su madre, enfrentándose a veces los unos con los otros. "El viejo linajudo" abomina de ellos. Niega que supongan su continuidad, les insulta constantemente. Sin embargo, para evitar que "acaben en la horca", les regala las pertenencias que tanto buscan y la mansión que últimamente ocupaba la mujer. También rechaza a su ex amante y ahijada, Sabelita, que venía a ver a la muerta.
Don Juan Manuel manda que abran la tumba y el ataúd de su mujer y decide quedarse en la cripta en espera de la muerte. Sin embargo, el lugar se llena de
mendigos y vagabundos y decide ponerse al frente de ellos en plan redentor: "El día en que los pobres se juntasen para quemar las siembras, para envenenar las fuentes, sería el día de la gran justicia... Ese día llegará, y el sol, sol de incendio y de sangre, tendrá la faz de Dios. Las casas en llamas serán hornos mejores para vuestra hambre que hornos de pan."
En una última y alucinante escena, don Juan Manuel al frente de una turba de mendigos, se dirige a ver a sus hijos con la intención de arrebatarles lo que les ha dado, lo que no merecen. "Soy un muerto que deja la sepultura para maldeciros". En un intercambio de golpes con uno de sus hijos, el aristócrata cae inerte mientras los mendigos se retiran temerosos, rezando.