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El Infierno tan Temido Contra lo que suele darse por sentado, el azar sabe dedicar esfuerzos a la confabulación. La reciente
edición en español de la primera y la última de las novelas del portugués António Lobo Antunes (1942), un autor en el que la profusión no reniega de la exigencia, permite atestiguar hasta qué punto el perfil de una obra se modifica con el transcurso de los libros y el tiempo. Lobo Antunes tenía treinta y siete años cuando publicó, en 1979, Memoria de elefante . La novela está narrada en una tercera persona engañosa y distante, como revela la inesperada intromisión de una virulenta primera. Como el autor, el protagonista es un psiquiatra que estuvo en la guerra colonial de Angola, que, padre de dos hijas, acaba de separarse y que aspira a la escritura como salvación. Amarga y desesperada, la marca autobiográfica de Memoria de elefante es similar a la de En el culo del mundo , la siguiente novela del autor, en que el monólogo catártico encontrará el contrapunto de una mujer en perfecto silencio. Memoria de elefante -y su sucesora- proponen un primer estilo que se ampara, tras la caída de la dictadura de Salazar, en una prosa visceral, desencantada y por momentos iracunda. Esa rabia verbal, sin embargo, se entrega con fruición a las frases extensas, estilizadas, acribilladas de referencias culturales. En cada uno de los repliegues de Memoria de elefante pueden entreverse el autor de la madurez y su interés por los mecanismos de la memoria, pero, debido a ese estilo contradictorio, hay algo que, en perspectiva, suena casi ajeno. Ayer no te vi en Babilonia , publicado un cuarto de siglo después, trabaja en cambio un estilo ya desarrollado, complejo e intransmisible. Lobo Antunes halló su tono, a fines de los ochenta y principios de los noventa, en la involuntaria trilogía compuesta por Tratado de las pasiones del alma , El orden natural de las cosas y La muerte de Carlos Gardel . Esa estructura, con su fraseo espiralado, se compone de una serie de voces que van develando en desorden un triste pasado personal y, también, debido a las conexiones entre esas voces, un opresivo trasfondo colectivo. Así ocurre, por ejemplo, en La muerte de Carlos Gardel : la agonía hospitalaria de un joven heroinómano es la melodía central alrededor de la que se despliegan las palabras de los familiares y conocidos, una galaxia de armónicos que le dan sustancia a la obra. Un párrafo puede quebrarse para remontarse al pasado. En un monólogo, puede ingresar, de manera fragmentaria o con la fuerza de una anáfora, un diálogo de otros tiempos, un paréntesis inesperado, una repetición. Esto le da a los textos de Lobo Antunes esa respiración sostenida, esa cualidad asmática que vuelve angustiantes tantas voces y tantas historias. La característica poética de sus ficciones se basa en una práctica singular: la metódica elusión de la metáfora. Y el efecto es singular: Lobo Antunes acumula frases, recuerdos y adjetivos, pero, por sobre todo, sustantivos, objetos, las minucias últimas de las que se compone una existencia. La nueva novela muestra -como lo hicieron en su momento Esplendor de Portugal o ¿Qué haré cuando todo arde? - que no se trata de una fórmula a repetición. Ayer no te ví en Babilonia es en realidad, la exacerbación de una literatura, el lúcido y por momentos opaco tanteo de una frontera estilística. Diversas conciencias avejentadas, cada una en su propio lecho, sobreviven durante esa larga noche de insomnio al ritmo de los recuerdos y de los ruidos que provienen del exterior al tiempo que, en ese movimiento ciego, diluyen su identidad. Cuatro de ellas aparentan ser centrales -la madre de una adolescente suicida, una enfermera, un ex policía salazarista, un anciano propietario rural-, pero otras voces desgranan, con arbitrariedad, sus monólogos. Ayer no te vi en Babilonia carece de un motivo central: en esta telaraña sonora, hay, más que personajes, un sistema tímbrico que alienta la pérdida de sentido. En muchos momentos se rememora la juventud (por lo general dura, poblada de miserias), pero las voces soñolientas también pueden adentrarse en escenas que nunca ocurrieron, en la vida en potencia, por ejemplo, de una hija desaparecida. En esta novela en que las comas son legión, Lobo Antunes se permite incluso invertir una vieja estratagema posmoderna. En ciertas frases perdidas, los personajes anuncian la certeza de ser parte de un libro. En un breve paréntesis de la página 420, el propio Lobo Antunes da su nombre y anuncia que está escribiendo un volumen. Pero hay una singularidad: el autor no reclama esas voces para sí. De allí también el críptico título que, además de hacer referencia a estas vidas impedidas de comunicación, alude a una escritura cuneiforme plasmada, hace cinco mil añosos, sobre un bloque de arcilla. Toda vida, por mínima que sea, deja su marca en la materia del mundo. Ayer no te vi en Babilonia es una novela empecinada en las virtudes poco frecuentadas de la relectura. Irreductible en muchos de sus pasajes, es también la prueba de una paradoja: un escritor codiciado por los sellos más prestigiosos del mundo se permite una obra que, de haber sido publicada por una editorial de escasa tirada, sería considerada una heredera insobornable de las mejores vanguardias. Donanfer
Publicado el: septiembre 30, 2007
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