Es una breve farsa teatral en apenas cuatro cuadros, basada en unas aleluyas del siglo XVIII, que recoge algunos de los temas
recurrentes en Lorca y mucho de su estética popular-surrealista. El planteamiento es tópico, muy tópico: un viejo acomodado se casa con una jovencita; pero el desenlace es totalmente original. Aquí, como no suele ocurrir en la obra de Lorca, la víctima es el hombre.
Impulsado por su criada y para cumplir los deseos de su madre, recientemente fallecida, el cincuentón don Perlimplín, poco inclinado al amor, pide en matrimonio a la apetitosa jovencita Belisa. Ella, o mejor dicho, su madre, acepta con no muy buenas intenciones porque:"Don Perlimplín
tiene muchas tierras. En las tierras hay muchos gansos y ovejas. Las ovejas se llevan al mercado. En el mercado dan dineros por ellas. Los dineros dan la hermosura... Y la hermosura es codiciada por los demás hombres"
Ver el hermoso cuerpo desnudo de Belisa hace camibar de actitud a don Perlimplín, que comienza a amarla locamente. Pero ella ya tiene decidido su camino: en la misma noche de boda cinco
amantes entra por el balcón de Belisa y don Perlimplín amanece con unos enormes cuernos de ciervo en la testa. Además, cada día aparece uno nuevo. La criada pone a su amo al corriente del asunto, pero a éste no le importa. Él afirma ser feliz pese a todo.
Don Perlimplín se toma incluso la libertad de hablar con su mujer de los amantes de ella y afirma comprender que los tenga porque él es viejo y ella es joven. Ella le cuenta que está especialmente enamorada de un joven de capa roja al que todavía no ha podido ver el rostro, pero que le escribe hermosas cartas en las que al contrario de sus otros amantes, no habla de países ideales, de sueños y de corazones heridos, sino sólo de su cuerpo:
En el último cuadro don Perlimplín dice a su criada que deje de preocuparse por su honra porque él no tiene honor. Habla de que va a hacer un sacrificio y que al día siguiente ya van a verse libre de él. Arregla una cita de su mujer con el amante de la capa roja. Y cuando Belisa se acerca al caballero, descubre que es el propio don Perlimplín y que está herido de muerte por una daga que se ha clavado él mismo. Belisa le abraza, sin acabar de entender, y echando de menos al joven de la capa roja al que sigue diciendo que ama con toda su alma. La criada le dice al cadáver de Perlimplín que puede estár satisfecho: ha conseguido ser amado al convertirse en pura idea.